•4:32 p. m.
Había un concurso estilo reality, en el que yo participaba. La idea era irse a vivir a una embarcación, con una elección restringida, digamos, entre cierta especie de yates de gran tamaño y belleza.
Yo dormía en una habitación de camarotes estrechos y maderas caobas, preciosas. A mi lado había más personas, niños, niñas, sobretodo niños y niñas aunque no exclusivamente. Tenía puesto un camisón blanco, como de lino. Me llegaba a la rodilla pero tenía una abertura por el costado derecho bastante pronunciada. Me recostaba de lado, esperando no mostrar demasiado el muslo, agarrándolo con las manos para que no se abriese la tela.
Avanzada la noche, escuchaba canciones. Sentía que la gente se hacinaba a mi alrededor, y despertaba sofocada por la sensación de calor, de incomodidad. Entonces oía la voz de S. y me preguntaba: ¿es él quien canta? ¿es realmente él? ¿pero cuándo, por qué vino?
Me incorporaba en el camastro y me fijaba en el muslo, totalmente descubierto y expuesto. La verguenza me hacía cubrirme con rapidez, bajar de la cama y seguir su voz. Tenía puesto un gorro como de lana. Lo veía de medio perfil, agachado sobre una red. Parecía una especie de pescador, pero era él. Definitivamente. Seguía tarareando sin hacer caso de mi presencia, aunque yo estaba segura que me sabía ahí. Entonaba un bolero, o algo así como un bolero.
La canción, el tarareo, terminaba. Yo buscaba sus ojos y él parecías indiferente, ocupado en enrollar una cuerda. Le decía "mírame". Sin verme, decía "para qué; sé que vas a estar ahí". Con la cuerda, tomaba mis muñecas fuertemente y las ataba a un travesaño. Yo no me resistía ni emitía palabra alguna. Me dejaba atar. Seguía con mis pies. Amarrada a esa viga, escuchaba toda serie de imprecaciones. Me golpeaba. Me escupía. Me rompía la ropa y se burlabas de mi cuerpo. Preguntaba al aire quién sería capaz de de tocar un cuerpo así. "Infeliz, quejona, no sabes más que lamentarte, eres una tonta que no sabe cómo vivir", me decía. Yo no pronunciaba palabra. Me mordía los labios, apretándolos, agachando la cabeza. Tal vez lloraba, pero distante.
Miraba el costado del barco, el mar, su vaivén. El sol que aparecía sobre el horizonte, anunciando un nuevo día. Era hermoso. S. cortabas mis cuerdas y me abrazaba, me tomaba entre sus brazos como si fuera una niña. Tenía las piernas magulladas, los brazos heridos por la golpiza. Sentía dolor, cansancio. En silencio, me llevaba al camastro y me dejaba acostada.
Yo no dormía porque al segundo había que levantarse. Había que empezar de nuevo.
Yo dormía en una habitación de camarotes estrechos y maderas caobas, preciosas. A mi lado había más personas, niños, niñas, sobretodo niños y niñas aunque no exclusivamente. Tenía puesto un camisón blanco, como de lino. Me llegaba a la rodilla pero tenía una abertura por el costado derecho bastante pronunciada. Me recostaba de lado, esperando no mostrar demasiado el muslo, agarrándolo con las manos para que no se abriese la tela.
Avanzada la noche, escuchaba canciones. Sentía que la gente se hacinaba a mi alrededor, y despertaba sofocada por la sensación de calor, de incomodidad. Entonces oía la voz de S. y me preguntaba: ¿es él quien canta? ¿es realmente él? ¿pero cuándo, por qué vino?
Me incorporaba en el camastro y me fijaba en el muslo, totalmente descubierto y expuesto. La verguenza me hacía cubrirme con rapidez, bajar de la cama y seguir su voz. Tenía puesto un gorro como de lana. Lo veía de medio perfil, agachado sobre una red. Parecía una especie de pescador, pero era él. Definitivamente. Seguía tarareando sin hacer caso de mi presencia, aunque yo estaba segura que me sabía ahí. Entonaba un bolero, o algo así como un bolero.
La canción, el tarareo, terminaba. Yo buscaba sus ojos y él parecías indiferente, ocupado en enrollar una cuerda. Le decía "mírame". Sin verme, decía "para qué; sé que vas a estar ahí". Con la cuerda, tomaba mis muñecas fuertemente y las ataba a un travesaño. Yo no me resistía ni emitía palabra alguna. Me dejaba atar. Seguía con mis pies. Amarrada a esa viga, escuchaba toda serie de imprecaciones. Me golpeaba. Me escupía. Me rompía la ropa y se burlabas de mi cuerpo. Preguntaba al aire quién sería capaz de de tocar un cuerpo así. "Infeliz, quejona, no sabes más que lamentarte, eres una tonta que no sabe cómo vivir", me decía. Yo no pronunciaba palabra. Me mordía los labios, apretándolos, agachando la cabeza. Tal vez lloraba, pero distante.
Miraba el costado del barco, el mar, su vaivén. El sol que aparecía sobre el horizonte, anunciando un nuevo día. Era hermoso. S. cortabas mis cuerdas y me abrazaba, me tomaba entre sus brazos como si fuera una niña. Tenía las piernas magulladas, los brazos heridos por la golpiza. Sentía dolor, cansancio. En silencio, me llevaba al camastro y me dejaba acostada.
Yo no dormía porque al segundo había que levantarse. Había que empezar de nuevo.

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