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O algo así. Digamos: llevaba de la manito a un niño pequeño, de unos cinco años, a un paseo junto con otros niños y niñas, más o menos de la misma edad.Al principio nos suponía en el sur, caminando por la orilla de Chinquihue, o por esos lados, precisamente donde acababa la carretera de cemento y todo iba paulatinamente convirtiéndose en un endemoniado barrial.
A mi lado, caminaba una profesora. Quizá la persona que tenía a cargo el grupo, y de la cual yo era algo así como su asistente. Conversábamos sobre las nubes negras, amenazantes, que aparecían con una insistencia creciente en el horizonte.
El niño que llevaba de la mano me tironeaba quedito. Parecía cansado, o triste. Tal vez las dos cosas.
Y luego, la lluvia. Llovía a cántaros y todos corríamos con los zapatos embarrados, intentando refugiarnos en un caserón desocupado que se encontraba al costado del camino. Acampábamos allí a la espera de una tregua.
Al salir, el escenario había cambiado. El caserón abandonado era un garage gigante, una armazón que hacía las veces de terminal de buses. Varias máquinas de uno y dos pisos intentaban coordinarse para estacionar. Yo, miraba embelesada esas ruedas gigantes, más grandes todavía porque eran grises y había algo agresivo en el ambiente, algo rudo que magnificaba mi sensación de estar a punto de morir bajo una de ellas.
De pronto, el grito desesperado de un niño me hacía reaccionar. Corría hacia él y lo encontraba metido bajo el chasis de un camión. Lo levantaba y, cargándolo, lo llevaba hasta la salida donde miraba su cara. Era el rostro de mi sobrino más pequeño.

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