•6:17 a. m.

Iba con mis padres en plan de paseo turístico, a enseñarles a unos gringos la zona que bordea al Lago Llanquihue allá en nuestro sur. Las imágenes no son claras pero sí recuerdo una casa construída en el borde del lago, estilo palafito. Allí estaba el restaurant donde comeríamos asado al palo, sierra al horno y curanto.
Los gringos se veían felices entre las tejuelas de alerce. No hablaban conmigo, sólo me sonreían cada vez que me cruzaba o cuando les ofrecía una botella con agua en el bus.
Luego, de regreso en Puerto Montt. Yo parecía tener doce o trece años y, por algún motivo, no quería levantarme. Era como vivir el día después de un paseo agotador. Escuchaba los gritos de mi madre, desde el primer piso de la casa: ¡Levántate que estamos atrasados!
Entonces corría a mi pieza a vestirme decentemente, pero en ella estaba un hombre. Al principio era un primo mío, pero luego se convirtió en H. Dormía plácidamente y yo lo contemplaba sentada en el suelo, hasta que dándose vuelta abría los ojos y me miraba. Yo no quería acercarme. Sólo le hacía preguntas suaves, que no lo irritasen. Le tenía miedo.
H. no me contestaba a nada y yo bajaba rápidamente las escaleras. Allí papá me agarraba de un brazo y me subía al auto, en el cual partíamos los tres hasta el puerto de la ciudad.
La imagen del puerto era aquella de los noventa, antes de las modificaciones que hiciera el municipio del mercado pesquero y de la feria artesanal de Angelmó. No existían las famosas cocinerías-palafito, y la Isla Tenglo era simplemente un cúmulo de árboles vírgenes y tres casitas a lo lejos.
En ese panorama, ocurría un "simulacro de elecciones". El muelle estaba adornado con carteles y pancartas propagandistas de senadores y diputados. Las fotos me causaban risa, porque sus caras eran similares a las de los gringos que había llevado de paseo el día anterior. Rosadas, mofletudas.
La gente debía emitir el sufragio en un cubículo que estaba arriba de tres lanchas. Para conectar la lancha con el muelle, habían dispuesto tablas de madera, delgadísimas, que cubrían el trayecto por sobre el agua. Era una distancia de por lo menos diez metros. La persona emitía el voto y luego regresaba corriendo y equilibrándose en la tabla, hasta el muelle. Allí lo esperaba la urna, donde debía encontrar la abertura para insertar el folio.
La demostración dejaba a todos perplejos, yo incluida. Entonces, uno de los guardias costeros cruzaba hasta el cubículo y sacaba de allí un pez largo, con una forma similar a un pinguino. Lo hacía salir a fuera y luego le daba un puntapié, con lo que el pez salía expelido por la tabla, cayéndose al agua a la mitad de ella. La zambullida era formidable, pues quedaba claro que nadie que no supiese nadar sobreviviría a un accidente así.
Los gringos se veían felices entre las tejuelas de alerce. No hablaban conmigo, sólo me sonreían cada vez que me cruzaba o cuando les ofrecía una botella con agua en el bus.
Luego, de regreso en Puerto Montt. Yo parecía tener doce o trece años y, por algún motivo, no quería levantarme. Era como vivir el día después de un paseo agotador. Escuchaba los gritos de mi madre, desde el primer piso de la casa: ¡Levántate que estamos atrasados!
Entonces corría a mi pieza a vestirme decentemente, pero en ella estaba un hombre. Al principio era un primo mío, pero luego se convirtió en H. Dormía plácidamente y yo lo contemplaba sentada en el suelo, hasta que dándose vuelta abría los ojos y me miraba. Yo no quería acercarme. Sólo le hacía preguntas suaves, que no lo irritasen. Le tenía miedo.
H. no me contestaba a nada y yo bajaba rápidamente las escaleras. Allí papá me agarraba de un brazo y me subía al auto, en el cual partíamos los tres hasta el puerto de la ciudad.
La imagen del puerto era aquella de los noventa, antes de las modificaciones que hiciera el municipio del mercado pesquero y de la feria artesanal de Angelmó. No existían las famosas cocinerías-palafito, y la Isla Tenglo era simplemente un cúmulo de árboles vírgenes y tres casitas a lo lejos.
En ese panorama, ocurría un "simulacro de elecciones". El muelle estaba adornado con carteles y pancartas propagandistas de senadores y diputados. Las fotos me causaban risa, porque sus caras eran similares a las de los gringos que había llevado de paseo el día anterior. Rosadas, mofletudas.
La gente debía emitir el sufragio en un cubículo que estaba arriba de tres lanchas. Para conectar la lancha con el muelle, habían dispuesto tablas de madera, delgadísimas, que cubrían el trayecto por sobre el agua. Era una distancia de por lo menos diez metros. La persona emitía el voto y luego regresaba corriendo y equilibrándose en la tabla, hasta el muelle. Allí lo esperaba la urna, donde debía encontrar la abertura para insertar el folio.
La demostración dejaba a todos perplejos, yo incluida. Entonces, uno de los guardias costeros cruzaba hasta el cubículo y sacaba de allí un pez largo, con una forma similar a un pinguino. Lo hacía salir a fuera y luego le daba un puntapié, con lo que el pez salía expelido por la tabla, cayéndose al agua a la mitad de ella. La zambullida era formidable, pues quedaba claro que nadie que no supiese nadar sobreviviría a un accidente así.

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