•5:28 p. m.

Pero no largas, ni transparentes, como las de Silvio. Las de mi sueño eran verdes, amarillas, y rojas-negras-blancas, como la de esta foto. Estaban en el cerro (patio trasero de la casa de mis padres) y yo huía de ellas, corriendo de un lado a otro.
Mi prima, Pilar, me decía que me quedara quieta. Yo, aterrorizada, le respondía que cómo se le ocurría semejante cosa, que podía estrangularme. Entonces subía a un arco de madera y desde allí sucedía eso que a veces pasa en mis sueños: adquiero una vista, digamos, de altura hacia las escenas y me veo (me desdoblo, en rigor).
Desde esa perspectiva veía dos o tres serpientes deslizándose con sinuosidad por entre los matorrales, y a mí corriendo de un lado a otro, cansada, angustiada por la posibilidad de ser alcanzada por los culebrones.
En algún minuto, entraba en la escena mi madre. Yo le gritaba, a todo pulmón, que me ayudase. Ella miraba con cierto aire de gravedad y entonces una serpiente se le acercaba peligrosamente, como dispuesta a atacarla. Pero mi madre parecía inmutable. Tomaba a la serpiente por debajo de la cabeza y la estrangulaba con una mano.
Yo me acercaba temerosa y le decía que no se arriesgue, que las víboras eran venenosas. Mi madre entonces soltaba a la culebra y ésta me observaba desde sus ojos vidriosos. Se acercaba hasta arremolinarse a mi pierna derecha.
-Por favor, quítala -le rogaba a mi madre con un hilo de voz.
Su rostro, imperturbable, duro. Su risa sardónica, incluso cruel. Las serpientes, tan cerca.
Mi prima, Pilar, me decía que me quedara quieta. Yo, aterrorizada, le respondía que cómo se le ocurría semejante cosa, que podía estrangularme. Entonces subía a un arco de madera y desde allí sucedía eso que a veces pasa en mis sueños: adquiero una vista, digamos, de altura hacia las escenas y me veo (me desdoblo, en rigor).
Desde esa perspectiva veía dos o tres serpientes deslizándose con sinuosidad por entre los matorrales, y a mí corriendo de un lado a otro, cansada, angustiada por la posibilidad de ser alcanzada por los culebrones.
En algún minuto, entraba en la escena mi madre. Yo le gritaba, a todo pulmón, que me ayudase. Ella miraba con cierto aire de gravedad y entonces una serpiente se le acercaba peligrosamente, como dispuesta a atacarla. Pero mi madre parecía inmutable. Tomaba a la serpiente por debajo de la cabeza y la estrangulaba con una mano.
Yo me acercaba temerosa y le decía que no se arriesgue, que las víboras eran venenosas. Mi madre entonces soltaba a la culebra y ésta me observaba desde sus ojos vidriosos. Se acercaba hasta arremolinarse a mi pierna derecha.
-Por favor, quítala -le rogaba a mi madre con un hilo de voz.
Su rostro, imperturbable, duro. Su risa sardónica, incluso cruel. Las serpientes, tan cerca.

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