Author: Angélica
•7:50 p. m.
En la mesa se encontraban personas con las que no interactúo hace mucho tiempo. Entre ellas, Pedro, Edmundo, y mi amiga Melissa. Celebrábamos levantando copas de vino, riéndonos. El ambiente era agradable, ciertamente festivo.

Sin embargo, yo comenzaba a distanciarme de la escena en una actitud sospechosa. Casi miedosa, o temerosa de que descubriesen algo que yo prefería reservarme. No quería preguntas, interrogatorios, cuestionamientos. Dado el momento, me levantaba de la mesa para ir al servicio higiénico, pero salía por una puerta del costado sin despedirme de nadie.

Afuera del recinto, que ya no parecía un restaurant, encontraba un minibús de colores exóticos al que me invitaba a subir un joven desconocido. Su cara me inspiraba confianza, y me afirmaba de su brazo para subir los escalones estrechos del autobús.

Al pasar por las filas de asientos, personas jóvenes como yo, hombres y mujeres, sonreían y me ofrecían el puesto a su lado. Yo me sentaba sola, al lado de la ventana, y miraba hacia afuera con creciente ansiedad. Era la tarde yéndose, lo que me preocupaba.

Un rato después, el autobús enfilaba por un camino rural en las afueras de una ciudad que no puedo reconocer. En un campo, nos hacían descender a todos, explicándonos que debíamos participar en una "cacería de indios", para lo cual nos entregaban una escopeta a cada uno. Varios intentamos negarnos, arguyendo que eso era probablemente un error, pues nadie nos había dicho eso al subir al bús. El que hacía de instructor nos dirigía miradas de profundo desprecio, y se limitaba a levantar los hombros.


Comprendía entonces que estaba en una especie de regimiento, y que no sería fácil salir bien librada. Los demás a mi alrededor sufrían similares temores, en silencio. Examinando sus caras, creí ver entonces a Pedro, quien había estado antes conmigo, celebrando por mi egreso. Al encontrarse con mi mirada parecía alegrarse, pero eso sólo le duraba unos segundos; enseguida venía hacía mí y me reprochaba haber salido corriendo, porque le había obligado con eso a meterse en este "disparate", que era como llamaba a la situación en que nos encontrábamos.

Intentaba entonces convencerlo de que debíamos huir, pero él no pensaba lo mismo. "Mira, Angélica. Estamos aquí precisamente porque saliste huyendo. Así que lo enfrentas porque lo enfrentas, y no hay de otra". Parecía tan decidido que deseaba en ese momento no haberlo identificado y haber alcanzado a escapar, aunque fuese sola.

De improviso, el sonido agudo de un pito me sacaba de mis pensamientos. De procedencia desconocida, se escuchaba una voz de mando a través de megáfonos, dando instrucciones de avanzar hacia cierta empalizada, a unos metros de donde estábamos situados. Desde ese sitio, era posible divisar una especie de jaula gigante, o de recinto cercado y, en su interior, hombres, mujeres y niños con la piel atezada y expresión indígena. Sus gritos alcanzaban a oírse, aunque más bien eran aullidos, sonidos guturales, quejidos y lamentos en lenguas extrañas para mí.

Las piernas se me doblaban por efecto del miedo. Sentía los brazos de lana, sin fuera de sostener siquiera el rifle. ¿Cómo era esto? ¿Querían que disparase sobre esa gente? La sola idea me aterrorizaba...

Para mi fortuna, en el momento de abrir la inmensa jaula y ordenarnos abrir fuego, desperté.

Author: Angélica
•7:29 p. m.
O algo así. Digamos: llevaba de la manito a un niño pequeño, de unos cinco años, a un paseo junto con otros niños y niñas, más o menos de la misma edad.

Al principio nos suponía en el sur, caminando por la orilla de Chinquihue, o por esos lados, precisamente donde acababa la carretera de cemento y todo iba paulatinamente convirtiéndose en un endemoniado barrial.

A mi lado, caminaba una profesora. Quizá la persona que tenía a cargo el grupo, y de la cual yo era algo así como su asistente. Conversábamos sobre las nubes negras, amenazantes, que aparecían con una insistencia creciente en el horizonte.

El niño que llevaba de la mano me tironeaba quedito. Parecía cansado, o triste. Tal vez las dos cosas.

Y luego, la lluvia. Llovía a cántaros y todos corríamos con los zapatos embarrados, intentando refugiarnos en un caserón desocupado que se encontraba al costado del camino. Acampábamos allí a la espera de una tregua.

Al salir, el escenario había cambiado. El caserón abandonado era un garage gigante, una armazón que hacía las veces de terminal de buses. Varias máquinas de uno y dos pisos intentaban coordinarse para estacionar. Yo, miraba embelesada esas ruedas gigantes, más grandes todavía porque eran grises y había algo agresivo en el ambiente, algo rudo que magnificaba mi sensación de estar a punto de morir bajo una de ellas.

De pronto, el grito desesperado de un niño me hacía reaccionar. Corría hacia él y lo encontraba metido bajo el chasis de un camión. Lo levantaba y, cargándolo, lo llevaba hasta la salida donde miraba su cara. Era el rostro de mi sobrino más pequeño.
Author: Angélica
•11:52 a. m.

Mi nueva paciente era una mujer que rodeaba los treinta años y declaraba en forma escandalosa no recordar absolutamente nada de lo que había hecho el día anterior. Yo la escuchaba atentamente, cuando aparecía por el costado de una gaveta una gata blanca, tipo angora. Era tan hermosa, que toda la conversación y la angustia de la mujer que tenía enfrente, desaparecían, porque sólo podía concentrarme en los movimientos sinuosos del animal.
Author: Angélica
•12:46 p. m.

Por cada sueño no escrito,

dos sueños ni siquiera recordados.