Author: Angélica
•6:32 p. m.
El chico, en cuestión, no debía tener más de 10 años, y sus ojos eran fascinantemente bellos... color miel.
En el sueño, él intentaba convencerme de que era una estupidez sentir verguenza ante otras personas, pero yo no lograba superar el temor. Sólo lo abrazaba en privado, sintiéndome culpable por sentirme tan atraída ante un niño.
Deambulábamos, mucha gente y yo, por un hospital-colegio. Yo enfermaba y mis padres venían a verme, entonces yo le pedía a mi amante que no me tomara la mano. Él salía del cuarto enojado, enojado como se enojan los niños, digamos.
Luego lo encontraba solo y, al intentar hablar con él, recibía gritos de reproche, insultos. Le explicaba que no era que no lo quisiese, sino que me incomodaba demasiado el ser tanto mayor que él. "Eres... -le decía titubeante- eres un niño, solamente".
Él se colgaba de mi cuello y yo lo abrazaba. Quería darle un beso, pero en ese momento algo en la escena se tornaba "demasiado". Había una tensión sexual que él no lograba soportar, me sentía como si estuviese a punto de violarlo y eso me hacía alejarme, horrorizada, caminando hacia atrás y sintiendo su rechazo, su miedo. Sus ojos de miel destilaban lágrimas dulces, infantiles, y de su boca la frase: "sólo soy un niño... ".
Author: Angélica
•8:20 p. m.

El único sueño de abril: un hombre de piel negra y labios carnosos estudiaba conmigo en la universidad; yo nos veía leer, nos veía caminar por las calles del centro buscando gente, amigos, buscando salas de cine que nunca encontrábamos, nos veía mirarnos cómplicemente al sentarnos en la misma aula, tejiendo esa afinidad de los que se gustan sin decirlo y sin pensarlo seriamente.
Se suponía invierno en Santiago de Chile y la lluvia se dejaba caer con leveza, mientras yo buscaba a mi amigo por la tarde, con una bolsa de pan en una mano y un paraguas en la otra. La imagen tenía cierto grado de confusión porque daba la impresión que él estaba extraviado, o que este país no era ya el mismo. En algún momento entraba a una tiendita pintoresca, donde vendían inciensos y se escuchaba el canto devoto del Maha-mantra Hare Krishna. Yo seguía un pasillo, guiada por la música, y veía mujeres bailar tras cortinas de incienso interminable.
Mi amigo, el negrito, no estaba allí y yo regresaba a la universidad, aunque era de noche. Estaba enojada y había perdido el paraguas. Me sentaba a esperarlo en una banca azul de Sherwood, el lugar donde solíamos descansar con los compañeros. Lo veía venir empapado hacia mí, mirándome con expresión burlona. Subíamos a la sala de clases del tercer piso, tomados de la mano.
En la sala, había gente comiendo sopaipillas y nosotros pedíamos algunas mientras la hora discurría sin clases y sin profesor. A la salida, yo lo abrazaba y nos besábamos románticamente bajo la lluvia. El momento era interrumpido por un celular, el suyo, que caía al suelo cuando intentaba contestarlo. La última imagen con que desperté fue esa: un aparato telefónico en un charco de agua, desarmado e inútil.
Author: Angélica
•6:48 a. m.
Como no todo es tragedia en la vida, mi querido yo onírico me regaló el siguiente sueño:
O. tenía fecha de llegada a Santiago de Chile y yo no cabía en mí misma de la felicidad. Hablaba con mi hermana y le proponía que el encuentro se produjese en un concierto. ¿De quién? Moya; en mi sueño, yo estaba en el recinto exterior, prácticamente haciendo fila para entrar. Me sentía muy ansiosa de pensar que en cualquier minuto él estaría ahí, conmigo.
En el intertanto de la espera, se acercaban a mí varias personas a las que no reconozco. Me hablaban de planes futuros, de sueños, de esperanzas. Me hablaban sin descanso, sin dar tregua para que yo contestase.
De pronto se acercaba J., el novio de mi hermana y me decía: "Está aquí, acaba de llegar". Yo cruzaba la calle, muy despacio, como saboreando los segundos. Lo veía ante mí y nos abrazábamos muy fuerte. Entonces le preguntaba: "¿estoy soñando?". Y él respondía: "sí, pero no despiertes antes del concierto, por favor".
Yo seguía haciendo la fila mientras mi hermana y mi cuñado hablaban con O. Los veía reír y hacer muecas, pero no escuchaba su charla. Luego, O. entraba al concierto y yo le preguntaba a mi hermana qué le había parecido. Y ella que me contestaba: "es raro él, pero tiene algo que es súper bueno. Es excelente para ir a un concierto musical".
Author: Angélica
•9:10 a. m.
O. y yo éramos amantes. En mi sueño, él estaba casado con una mujer de la que sólo recuerdo un rostro compungido y un par de ojos llenos de rabia contra mí. Yo era "la otra", aunque a decir verdad esto era extraño: nos veíamos cuando todos los demás (parecía que nos conocíamos por tener familia política en común) estaban en un funeral.
De cualquier modo, nosotros no parecíamos afectados por esa muerte sino más bien felices por la oportunidad de estar a solas, mientras los demás lloraban. La mujer de O. lo sabía y nos buscaba para pillarnos, como quien dice, con las manos en la masa.
En mi sueño, nada de eso sucedía pues O. y yo pasábamos rápidamente de la felicidad a enfrascarnos en una complicada conversación sobre el futuro. Él no parecía dispuesto a divorciarse. Tenía dos hijos. Yo estaba sola y estaba resignada a esperarlo toda la vida, pese a que le reclamaba con rabia el tenerme en esta situación. Lloraba lo suficiente como para que la mujer de O. nos encontrase y me insultara a gritos.
O., al contrario de lo esperado, no me defendía sino que salía de la habitación y yo tras él. No lo veía en ninguna parte y resolvía irme a casa.
Afuera estaba oscuro y se notaba que era una noche avanzada por la soledad de las calles. Éstas guardaban cierta semejanza con las callecitas de Puerto Montt, las que caminaba desde mi escuela primaria hasta la casa de mis padres. Las recuerdo solitarias, a veces llenas de barro, charcos de agua y perros callejeros. En invierno, tenía miedo del viento y de la oscuridad; del cerro que escondía quizá qué cosas y de los perros que siempre tenían ganas de morder.
En mi sueño, yo caminaba esa calle larga entre el cerro y el estero. Veía el sauce formidable que me indicaba que ya estaba en la mitad del trayecto. Me detenía ante él y tomaba aire, pues los sollozos continuaban anegando mi garganta. Entonces, daba una mirada hacia atrás y me daba cuenta que tenía un séquito: un perro, un ratón grandísimo y un gato negro. Iban ordenadamente atrás mío, sin hacer el menor ruido.
La visión de los animalitos me asustaba y hacía que apresurara mi paso. Cada tanto, giraba la cabeza. Los tres seguían allí, silenciosos.
Entonces sucedió algo que me ha pasado en otros sueños. Es como si me desdoblase y pudiese ver la misma escena que estoy protagonizando, pero desde arriba. Como quien mira la ciudad desde un helicoptero, puedo manejar qué lugar ver más de cerca y hacia dónde dirigirme. Entonces sé perfectamente que la que camina seguida de tres bichos soy yo; que voy a casa y que O. parece seguirme pero se ha quedado en el sauce, pensando que estoy escondida allí.
Me veo llegar a casa y decir: "ustedes no pueden entrar; basta de seguirme". Me veo cerrar el portón viejo y pasarme la manga de la chaqueta por el rostro, en un intento por adecentarme. Y al entrar, pierdo la panorámica y estoy nuevamente en mi cuerpo; mis ojos vuelven a ser mi ventana al mundo y de pronto se ha hecho de día.
La casa está llena de gente conocida y desconocida. Todos pasan a mi lado; algunos me hablan cosas intrascendentes, dicen que hay mucho trabajo, que debería estar haciendo mi parte. En mi sueño, me siento confundida porque una parte de mí quiere ver aparecer a O. y otra me indica que él no puede venir.
Voy a la puerta que da hacia el cerro y salgo a respirar. Encuentro a O. molesto, y escucho que me recrimina por haberme ido. Lo miro acercarse. Pienso que va a golpearme, pero no. Me abraza. Yo me abrazo a él y le digo: "si tú pudieses desdoblarte verías lo que no puedes entender ahora".
Él me mira. No dice nada. Yo lo miro compasivamente y llevo mi mano a su rostro. Luego me doy la vuelta y desaparezco por la misma puerta por la que salí.