•6:05 p. m.
Cambio de hora y te invade la frustración de perder sesenta (valiosos) minutos de sueño cuando lo habitual es madrugar. Entonces, caes en la nunca bien ponderada trampa de la ansiedad y comienzas a repetirte mentalmente que debieses dormir, pero ya, para conseguir el récord de estar en pie a las 4.30 am y funcionar decentemente durante el día.Armas tu plan, comienzas a generar en el ambiente un clima de relax, te haces a la idea del reposo necesario. Apagas el computador, desenchufas todo, cierras la puerta. Te preparas para estar, a las 22.30, ya en la cama y pronta a cerrar los ojos. Pero. Apenas lo haces, el pensamiento-reloj-alarma comienza a funcionar: duérmete, duérmete luego.
Ergo, se te hace imposible dormir. Piensas mil cosas convenciéndote de lograrlo, en vez de ¿simplemente? hacerlo. En la fase siguiente, cuando asumes que has caído en la trampa, puteas y maldices mentalmente el findesemanalaaargo, el descanso que no te ha dado el cansancio suficiente para dormir. Já.
De pronto, después de haber leído un relato de Kenzaburo Oé con sus ochenta páginas de tragedia profunda y existencial y luego de, también, haberte levantado al baño unas dos veces y al menos otras dos a la cocina por un poco de agua, miras la hora: cresta, las dos treinta am.
Por supuesto, el milagro del sueño ocurre en algún minuto siguiente (¿no hay mal que dure cien años ni insomnio que mate los sueños?), y entonces, paf:
Te encuentras sentada en tu cama, insomne. Delante tuyo, una cómoda sobre la cual está depositado un televisor del año de la pera. De esos curvos, blanco y negro. En la pantalla, con una claridad de imagen extrañamente dosmilera, se puede seguir la secuencia de una película de época. Mujeres con vestidos largos, del mil ochocientos, y hombre de aspectos afeminados que conversan, discuten, interrogan. No logras captar del todo la trama y estás pensando en ello cuando, de improviso, un corte comercial tiene a la Paulina Nin de Cardona comentando las escenas con otra mujer rubia cuyo nombre no recuerdo.
El asunto se te hace por completo indigerible, pero para suerte tuya, termina rápido. Entonces miras la hora en un reloj pulsera y tate: las cinco de la mañana. Sin pausa pero sin prisa, te duchas y te vistes para salir a trabajar. Abres la puerta de tu casa y el habitual pasillo camino al ascensor es más oscuro y largo que de costumbre. Una sensación de inseguridad comienza a aparecer en ti. Subes al ascensor y marcas el uno. En lugar de descender, subes hasta el nueve. Sientes un escalofrío en tu espalda. Se abre la puerta y la oscuridad es tan intensa que, de pronto, despiertas.
Abres los ojos y ves tu celular-reloj-alarma. Son las cinco de la mañana...
