Author: Angélica
•2:30 p. m.
Las cabañas eran como islas, regadas por azar en el azul. Todos llevaban equipos de buceo, o trajes de baño. El mío era de una pieza entera, negro con líneas blancas. Lo veía reflejado en el agua, mientras chapoteaba en el borde de mi refugio.

Me convidaban, gentes desconocidas, a una fiesta en cierta otra cabaña. Yo me preparaba y luego, cual pez, me iba nadando hasta el lugar del encuentro. Allí encontraba amigos y compañeros, de la universidad y del colegio. Carla me regañaba por la demora y yo le explicaba que me había cansado, que algo en mí no andaba bien, porque nadaba con dificultad. "Bueno, olvídate de eso, vinimos a divertirnos", decía ella.

En la fiesta, había un buen humor rayano en euforia. La gente bebía con avidez y yo veía desfilar botellas de distintos licores, que yo no me atrevía a probar por mi malestar. Me quedaba sentada cerca de una estufa de combustión lenta, dentro de la cual se veía arder la leña.

Después de un rato, se me acercaban dos chicos. Uno se llamaba Carlos y el otro Rodrigo. Eran simpáticos y preguntaban si estaba bien. Yo les contaba que quizás volvería temprano a mi cabaña, pese a que mi amiga, Carla, no tenía ganas de irse. "Si te vas antes, nos avisas, y te acompañamos". Mientras les agradecía se acercaba otro personaje. "Ah, te presentamos a nuestro amigo, Héctor".

El tal Héctor era un compañero del liceo, del que nunca fui muy amiga pero había, digamos, buena onda. Lo último que supe de él, era que se había metido a seminarista. Y ahí estaba, en mi sueño, con la misma cara de los quince años, los ojos grandes y la sonrisa inalterable.

Los otros chicos se iban y Héctor me contaba -a grandes rasgos- su vida en los últimos años. Se había ido del seminario, se había enamorado de una mujer "bellísima, pero muy celosa", que había terminado por hastiarlo. Ahora, estaba de vacaciones en ese lugar paradisíaco, y contento de encontrarme, saber de mí. Yo le comentaba entonces que, en el liceo, nunca le tomé mucha atención, que le tenía cariño porque lo sabía buena persona, pero no recordaba ninguna conversación o cercanía de esos tiempos.

A un cierto punto, yo muy cansada, le pedía que me despida de sus amigos, para irme. Él se ofrecía a acompañarme, porque yo tenía muy mala cara. Le avisaba a Carla y nos zambullíamos en el agua.

Sentía el cuerpo adolorido y cada vez más rígido, con más fatiga. La debilidad se hacía demasiado fuerte y le pedía a Héctor ayuda. Él decía que era mejor pedirle a otra persona que nos acompañe, para que me llevasen entre dos hasta mi cabaña. A mí eso me desesperaba, y le rogaba que no me dejara sola.

De pronto, me encontraba agarrada a una boya, esperando. Sentía que la cabeza me pesaba toneladas, que el cuerpo no me respondía. Me sentía muy angustiada, tenía miedo de ahogarme ahí, sola. En algún momento el vaivén del agua me soltaba y yo me iba, irremediablemente, con las olas.

Al despertar, me encontraba en las tablas de madera que rodeaban a mi cabaña. Todavía no amanecía y a mi lado, Héctor, me miraba con preocupación. "Casi te ahogaste, Angélica". Entrábamos a la casita, que tenía una cocina, un baño pequeño y dos dormitorios. Parecía un lugar sencillo y confortable. Le indicaba a mi amigo que en una olla quedaba consomé de pollo, que la calentase.

Bebíamos el consomé en silencio, esperando el amanecer. Yo me acurrucaba en mi cama y dormía.

Author: Angélica
•7:35 p. m.
Andrea y yo estábamos sentadas en una mesa tipo Té Club (por aquella publicidad de la mesa infinita donde el té era inagotable), jugando a Preguntas y Respuestas con gente que no conocíamos. El ambiente parecía cargado de hilaridad, bromas iban y venían, tomaduras de pelo y chistes, algunos bastante grotescos. Casi todas las personas eran mayores, no había jóvenes como nosotras, sino señoras de sombrero y señores de barba.

De improviso, una señora preguntaba a Andrea: ¿Y ustedes, tú y tu hermana, tienen poderes especiales por ser gemelas? Y ella le contestaba: Sí, nosotras sabemos hacer ritos mágico-religiosos.

Toda la gente se detenía entonces y nos miraban, escudriñando, sopesando en el aire la respuesta de mi hermana. ¿Qué significaba aquello de "ritos mágico-religiosos"? A mí, la cosa me daba ataque de risa y me levantaba azorada de la mesa. Entonces se acercaban dos hombres, desde una esquina del salón y, tomándome por los hombros, me hacían sentar obligadamente.

El juego continuaba y yo tiraba un dado pequeño, diminuto. "¡Veintidós!", gritaba el croupier, y entonces una señora de gesto altivo, alzaba una mano enguantada y decía: me toca hacerte una pregunta, niña.

Yo esperaba la dichosa pregunta y veía las palabras salir de sus labios, pero no sentía el sonido llegar a mis oídos. Era una sensación muy, muy rara, que no había tenido antes. Al principio incluso me desesperaba y articulaba palabras pidiendo ayuda, que se hablase más fuerte, más claro.

Los sonidos ambientales se alejaban de mí, mi propia voz ya no tenía voz y en el sueño, todo parecía detenerse. La realidad pasaba por el sonido y yo ya no escuchaba nada en absoluto. El croupier, muy amable, me daba pequeñas palmaditas en la espalda, como si yo fuera un bebé que acaba de tomar su leche.

Entonces pensaba en la posibilidad de tener sueños mudos. Cine mudo, sueños mudos. Así no se podía jugar a Preguntas y Respuestas: ¿qué mejor estrategia de escapismo?


Author: Angélica
•7:29 p. m.
Estas tres semanas que hoy culminan, mi rutina onírica ha tenido serias modificaciones a causa de la imponderable realidad laboral. Esto de trabajar lejos y tener que levantarme temprano; esto de llegar tarde y sin ánimo de escribir ni una coma, es como la mierda.

Y bueno, se hace lo que se puede. La semana pasada intenté no dejar escapar mis sueños (porque si los dejo de un día para otro, sin ninguna clase de apunte, tengo que darlos por perdidos), haciendo pequeños apuntes en mi agenda, con palabras claves.

Veremos.

A
Author: Angélica
•9:21 p. m.
Nuevamente el túnel pero esta vez salgo a la superficie éxitosamente. Allí, la oscuridad continúa y yo perfilo mis pasos hacia un camino lateral, un desvío a un pueblo del que no conozco nombre. Luego de varias calles tranquilas, cuando la noche comienza a aclararse, me detengo ante una casa vieja y toco a la puerta. Después de algunos minutos, sale una mujer encorvadita. Le digo: tú eres como yo pero con los años a cuestas. Me dice: y qué años vas a cargar tú, si eres una criatura enquencle. Replico: ¿cómo enquencle?. Y ella: así nomás, tal como lo dije.

Entro a su casa y la sigo por un pasillo breve e intesamente oscuro. La sala, en cambio, es luminosa y por las ventanas se nota que ya ha amanecido. Tiene una estufa a leña, una combustión lenta como las que aún se usan en el sur de mi país. ¡Cómo las extraño!

Sobre ella, un mate, una tetera y una olla con musgos vegetales que le dan un color verde oscuro. La viejita toma una madeja de lana cruda, como si fuesen spaghettis, y los deja sumergirse bajo su propio peso en esa tintura. Con una mano llena de arrugas hermosas, toma una cuchara de palo y comienza a revolver. Entonces vuelve a hablarme.

-¿Qué tal ese trabajo tuyo, niña?
-Sí, bien. Intento acostumbrarme, agarrarle ritmo a la gente y al oficio.
-¿Y el taller que tienes que entregar el lunes, está listo?
-No. Me falta. Digamos que tengo los contenidos, el temario completo, pero aún no sé qué orden darle a un par de contenidos, si poner aquello de la curiosidad sexual antes, o después de la etapa de desarrollo escolar.
-Bah, eso no es problema.
-¿Y usted cómo sabe que no es problema?
-Porque te lo estoy diciendo: mira, la solución siempre debe darse al final, así le das tiempo a la gente para que descubra cosas por sí mismas. Les ayudas a sentirse capaces.
-Sí, puede ser.
-Ahora aprende a teñir lana, acércate más.

Me acercaba a la olla con cuidado. El olor a oveja era intenso, profundo. Me costaba soportarlo sin hacer aspavientos, no por asqueroso sino por fuerte. Cansaba.

-No puedo, es demasiado.
-No es el olor, hija, lo importante es que no cierres los ojos; que no dejes esto sin revolver. Vas levantando aquí, y allá, y fíjate: la lana va tomando este colorcito. Pero tienes que revolver para que quede parejo, esa es la gracia. Hay cosas que huelen fuerte y nos inundan, pero si eres capaz de mantener los ojos abiertos, entonces verás que ese olor está fuera. Y en cuanto termines tu tarea y te alejes de él, todo estará bien.

Me alejaba de la casita tranquilamente en la bicicleta, con la lana enrollada en el cuello.

Author: Angélica
•9:14 p. m.
Brevemente: sueño fugaz de madrugada, en el bus hacia Rancagua. Siete y veinticinco am y yo pestañeando.

Me sumerjo en el dichoso túnel que da pie a la carretera 5 sur y no salgo más. La oscuridad es infinita y no me asusta, porque de pronto veo a la luna redonda arriba de mi cabeza y sobreentiendo que el túnel es hacia dentro.

No llego nunca al Hospital Regional. No llego nunca a ciudad alguna.

Todo el sueño se resume en una bicicleta que cruza la noche infinita, camino hacia ninguna parte. Las bifurcaciones son parte del viaje, los ojos negros de la mujer (yo) que pedalea, la neblina fría de la mattina que se acerca.