•9:10 a. m.
O. y yo éramos amantes. En mi sueño, él estaba casado con una mujer de la que sólo recuerdo un rostro compungido y un par de ojos llenos de rabia contra mí. Yo era "la otra", aunque a decir verdad esto era extraño: nos veíamos cuando todos los demás (parecía que nos conocíamos por tener familia política en común) estaban en un funeral.
De cualquier modo, nosotros no parecíamos afectados por esa muerte sino más bien felices por la oportunidad de estar a solas, mientras los demás lloraban. La mujer de O. lo sabía y nos buscaba para pillarnos, como quien dice, con las manos en la masa.
En mi sueño, nada de eso sucedía pues O. y yo pasábamos rápidamente de la felicidad a enfrascarnos en una complicada conversación sobre el futuro. Él no parecía dispuesto a divorciarse. Tenía dos hijos. Yo estaba sola y estaba resignada a esperarlo toda la vida, pese a que le reclamaba con rabia el tenerme en esta situación. Lloraba lo suficiente como para que la mujer de O. nos encontrase y me insultara a gritos.
O., al contrario de lo esperado, no me defendía sino que salía de la habitación y yo tras él. No lo veía en ninguna parte y resolvía irme a casa.
Afuera estaba oscuro y se notaba que era una noche avanzada por la soledad de las calles. Éstas guardaban cierta semejanza con las callecitas de Puerto Montt, las que caminaba desde mi escuela primaria hasta la casa de mis padres. Las recuerdo solitarias, a veces llenas de barro, charcos de agua y perros callejeros. En invierno, tenía miedo del viento y de la oscuridad; del cerro que escondía quizá qué cosas y de los perros que siempre tenían ganas de morder.
En mi sueño, yo caminaba esa calle larga entre el cerro y el estero. Veía el sauce formidable que me indicaba que ya estaba en la mitad del trayecto. Me detenía ante él y tomaba aire, pues los sollozos continuaban anegando mi garganta. Entonces, daba una mirada hacia atrás y me daba cuenta que tenía un séquito: un perro, un ratón grandísimo y un gato negro. Iban ordenadamente atrás mío, sin hacer el menor ruido.
La visión de los animalitos me asustaba y hacía que apresurara mi paso. Cada tanto, giraba la cabeza. Los tres seguían allí, silenciosos.
Entonces sucedió algo que me ha pasado en otros sueños. Es como si me desdoblase y pudiese ver la misma escena que estoy protagonizando, pero desde arriba. Como quien mira la ciudad desde un helicoptero, puedo manejar qué lugar ver más de cerca y hacia dónde dirigirme. Entonces sé perfectamente que la que camina seguida de tres bichos soy yo; que voy a casa y que O. parece seguirme pero se ha quedado en el sauce, pensando que estoy escondida allí.
Me veo llegar a casa y decir: "ustedes no pueden entrar; basta de seguirme". Me veo cerrar el portón viejo y pasarme la manga de la chaqueta por el rostro, en un intento por adecentarme. Y al entrar, pierdo la panorámica y estoy nuevamente en mi cuerpo; mis ojos vuelven a ser mi ventana al mundo y de pronto se ha hecho de día.
La casa está llena de gente conocida y desconocida. Todos pasan a mi lado; algunos me hablan cosas intrascendentes, dicen que hay mucho trabajo, que debería estar haciendo mi parte. En mi sueño, me siento confundida porque una parte de mí quiere ver aparecer a O. y otra me indica que él no puede venir.
Voy a la puerta que da hacia el cerro y salgo a respirar. Encuentro a O. molesto, y escucho que me recrimina por haberme ido. Lo miro acercarse. Pienso que va a golpearme, pero no. Me abraza. Yo me abrazo a él y le digo: "si tú pudieses desdoblarte verías lo que no puedes entender ahora".
Él me mira. No dice nada. Yo lo miro compasivamente y llevo mi mano a su rostro. Luego me doy la vuelta y desaparezco por la misma puerta por la que salí.
De cualquier modo, nosotros no parecíamos afectados por esa muerte sino más bien felices por la oportunidad de estar a solas, mientras los demás lloraban. La mujer de O. lo sabía y nos buscaba para pillarnos, como quien dice, con las manos en la masa.
En mi sueño, nada de eso sucedía pues O. y yo pasábamos rápidamente de la felicidad a enfrascarnos en una complicada conversación sobre el futuro. Él no parecía dispuesto a divorciarse. Tenía dos hijos. Yo estaba sola y estaba resignada a esperarlo toda la vida, pese a que le reclamaba con rabia el tenerme en esta situación. Lloraba lo suficiente como para que la mujer de O. nos encontrase y me insultara a gritos.
O., al contrario de lo esperado, no me defendía sino que salía de la habitación y yo tras él. No lo veía en ninguna parte y resolvía irme a casa.
Afuera estaba oscuro y se notaba que era una noche avanzada por la soledad de las calles. Éstas guardaban cierta semejanza con las callecitas de Puerto Montt, las que caminaba desde mi escuela primaria hasta la casa de mis padres. Las recuerdo solitarias, a veces llenas de barro, charcos de agua y perros callejeros. En invierno, tenía miedo del viento y de la oscuridad; del cerro que escondía quizá qué cosas y de los perros que siempre tenían ganas de morder.
En mi sueño, yo caminaba esa calle larga entre el cerro y el estero. Veía el sauce formidable que me indicaba que ya estaba en la mitad del trayecto. Me detenía ante él y tomaba aire, pues los sollozos continuaban anegando mi garganta. Entonces, daba una mirada hacia atrás y me daba cuenta que tenía un séquito: un perro, un ratón grandísimo y un gato negro. Iban ordenadamente atrás mío, sin hacer el menor ruido.
La visión de los animalitos me asustaba y hacía que apresurara mi paso. Cada tanto, giraba la cabeza. Los tres seguían allí, silenciosos.
Entonces sucedió algo que me ha pasado en otros sueños. Es como si me desdoblase y pudiese ver la misma escena que estoy protagonizando, pero desde arriba. Como quien mira la ciudad desde un helicoptero, puedo manejar qué lugar ver más de cerca y hacia dónde dirigirme. Entonces sé perfectamente que la que camina seguida de tres bichos soy yo; que voy a casa y que O. parece seguirme pero se ha quedado en el sauce, pensando que estoy escondida allí.
Me veo llegar a casa y decir: "ustedes no pueden entrar; basta de seguirme". Me veo cerrar el portón viejo y pasarme la manga de la chaqueta por el rostro, en un intento por adecentarme. Y al entrar, pierdo la panorámica y estoy nuevamente en mi cuerpo; mis ojos vuelven a ser mi ventana al mundo y de pronto se ha hecho de día.
La casa está llena de gente conocida y desconocida. Todos pasan a mi lado; algunos me hablan cosas intrascendentes, dicen que hay mucho trabajo, que debería estar haciendo mi parte. En mi sueño, me siento confundida porque una parte de mí quiere ver aparecer a O. y otra me indica que él no puede venir.
Voy a la puerta que da hacia el cerro y salgo a respirar. Encuentro a O. molesto, y escucho que me recrimina por haberme ido. Lo miro acercarse. Pienso que va a golpearme, pero no. Me abraza. Yo me abrazo a él y le digo: "si tú pudieses desdoblarte verías lo que no puedes entender ahora".
Él me mira. No dice nada. Yo lo miro compasivamente y llevo mi mano a su rostro. Luego me doy la vuelta y desaparezco por la misma puerta por la que salí.

3 comentarios:
pobre esposa engañada, pobre O., pobre amante desdoblada ¿resignada a esperarlo toda la vida? jo...
con tal y la vaina no sea profética, no problem.
B.
Igual no sería "la otra"!
2.- pero el supra-consciente no pensó lo mismo, jajajaja!!