Author: Angélica
•3:34 p. m.

1-. El primero de anoche fue un sueño difuso. Yo vivía en casa de mis padres, en Puerto Montt. Salía temprano, al amanecer, y caminaba hasta la calle principal de la población Libertad: Séptimo de Línea. Allí me quedaba un buen rato, como quien espera locomoción para ir a trabajar. Pero nada pasaba, ni nadie, hasta que la calle cambiaba de aspecto y se parecía más a una Alameda como la de Santiago, que a la calle de apenas dos pistas de mi Puerto Montt.

De improviso, aparecía por un pasaje aledaño un chico algo más joven que yo, al que no reconocía. Venía corriendo hacia mí, desesperado. Cuando estaba por alcanzarme se escuchaban bocinas y tiros al aire; gente joven que aparecía corriendo, perseguida por los pacos. Carabineros de las Fuerzas Especiales, hacían su entrada armados hasta el último cabello, con sus carros, lanzando bombas lacrimógenas y tirándonos agua con el "güanaco". La represión y la batahola eran fenomenales y yo parecía inmóvil en medio del cuadro, hasta que alguien tironeaba una de mis mangas.

El chico que había visto corriendo, tenía la nariz rota y la mano ensangrentada. Me miraba con ojos suplicantes y yo le encontraba un aire a cierto alumno que conocí en una clase de la universidad, hace unos tres años. J.C. era el payaso de la clase, pero un payaso intelectual, digamos, pues no escatimaba esfuerzos sorprendiendo a todos con sus memorizaciones. A mí me caía en gracia pese a que hasta me endilgó un apodo que no voy a reproducir aquí.

Rápidamente, tomaba a J.C. del brazo y lo arrastraba hasta mi casa. Allí, mamá limpiaba sus heridas asustada y confundida. J.C. decía que si lo encontrasen dentro, podríamos ir todos presos. Yo le repetía que no se preocupara, que nadie nos iba a encontrar. Él entonces contaba sobre las tareas de resistencia, el movimiento estudiantil, la lucha por los derechos del pueblo y el rol de los jóvenes en ella, en fin, una larga perorata revolucionaria.

Mi mamá, al escucharlo, se acordaba de mi hermano. Asustada, me decía que Alberto no había llegado a dormir a casa, que yo debía ir a buscarlo.

Salía nuevamente a la calle, pero esta vez el panorama era desolador. Caminaba lentamente, pasando entre escombros de automóviles, la señalética de las calles, incluso gente que no podía levantarse y me miraba desde el suelo, y parecía pedirme ayuda pero en verdad apenas abría la boca, me insultaba.

De mi hermano: ni luces.

2-. Caminaba por San Isidro en dirección a la Alameda, por el flanco izquierdo. Al llegar al frontis de la empresa ENDESA, veía a los típicos guardias de seguridad apostados en su casilla. Y adelante de ellos, un tigre de bengala blanco y dos leones, acostados mansamente en la acera.

La gente cruzaba la calle para no topárselos directamente, pero yo los veía tan hermosos, tan atractivos, que me quedaba ahí, mirándolos, con ganas de acariciarles el lomo. Uno de los guardias me veía y se acercaba para proponerme un trato. El acuerdo consistía en darme la autorización para tocar a los felinos; a cambio, tenía que ir hasta la Alameda y contarle lo que allí ocurría.

A mí me parecía un intercambio justo, pensando que nada podría suceder a dos cuadras de donde estaba parada. Me acercaba lentamente hasta el león más grande, y comenzaba a tocar su cabeza. El animal no hacía ningún movimiento, ni siquiera cuando mi mano descendía por su lomo. Parecía muerto, salvo por su tibieza. Iba hasta el otro ejemplar y repetía la operación, pero cuando llegaba el turno del tigre de bengala, éste se erguía sobre sus extremidades y me rugía.

El guardia me gritaba que tuviese cuidado, que quizás podía haberlo enfadado. Yo me acercaba igual, sintiendo cómo temblaban mis piernas. El tigre fijaba en mí sus ojos, y éstos parecían invitarme a alcanzarlo. Cuando estaba a punto de hacerlo, el animal daba la vuelta y se alejaba veloz por las calles, aterrorizando a los transeúntes.

Yo corría tras él y llegaba en dos suspiros a la Alameda. Allí el cuadro era muy similar al de mi sueño anterior: parecía que todo había sido destruido por bombas. El humo denso de los escombros me hacía toser y la gente que intentaba salir de ahí, gritaba ahogadamente por ayuda. Pero yo no iba a socorrer a nadie. Iba tras el tigre.

Caminaba buscándolo sin hallarlo un buen trecho. A veces me alejaba un poco para contemplar la escena, y luego me acercaba, recogía cosas del suelo, escuchaba gritos. Hasta que veía algo blanco, blanco con rayas, y el corazón se me apretaba de la emoción. Iba a correr hasta mi objetivo, cuando me di cuenta que tenía, agarrada de la mano, a una niña pequeña. Tendría unos tres o cuatro años. Ella me miraba, moquillenta y sucia, con su vestidito hecho harapos. Yo le sonreía y le decía: tienes que caminar lo más rápido que puedas, porque vamos a ver a alguien importante, ¿sí?

La niña se aferraba a mí con una fuerza inusitada para su corta edad. Juntas, atravesábamos el sector y llegábamos al lado del tigre, que tenía los ojos cerrados y estaba en el suelo. No sabíamos si tenía vida o no. Entonces yo soltaba a la pequeña, y ella iba a darle besitos en los ojos al animal. Yo le acariciaba el lomo, lo abrazaba. Nuestro tigre se levantaba, lentamente, hasta quedar erguido.

La niña lo montaba y le susurraba al oído algo que yo no entendía. Entonces bajaba del lomo y el animal se erguía sobre sus patas delanteras. Me tomaba y me abrazaba con fuerza, y comenzábamos a bailar, muy felices.

Desprendiéndome de la imagen para verla desde arriba descubría que yo también era un tigre. Un tigre de bengala, aunque no albino, como el otro. Y entonces yo sabía, tenía en ese momento la certidumbre total, de que ese tigre que bailaba conmigo era mi hermano.

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3 comentarios:

On 11:26 a. m., marzo 16, 2009 , Anónimo dijo...

La imagén de dos tigres de bengala, tú y tu hermano bailando. Que sensación de ternura y amor se siente!En medio de la atroz realidad.Un sueño caucasico, realidades del inconciente que a pesar del tiempo no se pueden borrar. Al final siempre triunfa el amor...Aunque es triste al comienzo, que hermosura el final.
Saludos, Angelica! y muy conmovidos abrazos.

 
On 7:33 a. m., marzo 17, 2009 , Anónimo dijo...

sí, también me han gustado mucho los dos sueños; sobre todo el de los tigres...

beso.

 
On 9:23 p. m., marzo 21, 2009 , Angélica dijo...

Son sueños hilados, de los que más me gustan. También el calor de esas pieles de tigre.

Me es tan placentero soñar, a veces.

Gracias y abrazos.

A