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No es la primera vez que sueño con suicidios colectivos. Anteriormente, soñé con una especie de guerra civil de la que resultábamos exiliados. Un grupo de muchachas andrajosas y yo, éramos condenadas a trabajos forzados en los que se incluía todo tipo de vejaciones. Aquel largo sueño terminaba con un llamado desde lo profundo del mar al que todos acudían, como sonámbulos. Pero yo me resistía, no quería ahogarme, pese a la miseria.
En esta ocasión, Alberto y yo vivíamos en Valparaíso, ciudad que yo identificaba gracias a sus calles empinadas y numerosas pendientes. Eran magníficas las vistas panorámicas desde lo alto de los cerros hacia el puerto. Existía también un balneario, no muy ancho pero bastante propicio para la holgazanería, a la que mi hermano y yo éramos adictos. Nos pasábamos las tardes ahí, luego de ir al colegio.
No tengo muy claro si yo era realmente menor, o sólo iba a dejarlo a clases y luego mataba las horas caminando por el puerto. Tal vez me ocupaba de algo en el establecimiento donde él estudiaba, porque pasaba tiempo allí también.
Un día, iban a casa dos compañeros de mi hermano. Su aspecto tosco, descuidado, me hacía pensar que no eran de los "trigos muy limpios", como decimos en Chile. Desconfiada, llamaba a mi hermano y él me pedía que lo excusara, pues aquellos chicos sólo querían meterlo en problemas.
--¿Cómo problemas? --le preguntaba yo, intrigada.
--Se ha dicho de todo sobre ellos --me cortaba Alberto. Mejor anda y diles que he salido.
Iba entonces a la calle y los encontraba sentados en la acera, contando una torre de cd's que cargaban consigo. Me llamaba la atención este detalle porque los veía con mucha claridad, como si expidieran un brillo especial. Al contarle esto a Alberto, él me confesaba que los muchachos eran "traficantes de luz".
El término, contra todo pronóstico, me resultaba conocido y sencillo de entender. En nuestra ciudad (que parecía ser el único mundo del que teníamos noción), la luz natural provenía de una torre de cd's que cada familia guardaba en su casa. Ciertamente, no existía el tráfico de luz pues todos sabíamos que, de hacerlos desaparecer, nos quedaríamos a ciegas. Entonces, el fin por el cual estos chicos querían acercarse a nuestro tesoro, no podía ser bueno.
Con preocupación mi hermano y yo íbamos en busca de Mario, un amigo familiar, digamos, con el cual tenemos mucha confianza y que nos ha ayudado en muchas ocasiones. Lo encontrábamos cerca del puerto, mirando con insistencia los cerros.
--¿Qué te ocurre, Mario? --preguntaba Alberto. Yo miraba disimuladamente hacia arriba, escudriñando el cielo sin ver nada particular.
--¿Qué ves? --le preguntaba finalmente.
--¿No notan que allá, en el fondo, parece estar más oscuro que de costumbre?
La pregunta hacía que Alberto y yo nos mirásemos con sorpresa a la cara. Nosotros ya conocíamos el motivo de esa oscuridad.
Mario nos escuchaba con atención y nos explicaba, no sin angustia, que su hija mayor andaba en malos pasos con esos chicos de los que sospechábamos. La cosa se complicaba, y una buena parte del sueño transcurría en intentos por encontrar a María Paz (la hija de Mario) y asegurarnos que nuestra casa no era saqueada por la gente que, aterrorizada ante la idea de perder la luz, comenzaba a mostrar su lado miserable.
Finalmente, la torre de cd's terminaba en mis brazos. La ciudad completa estaba envuelta en una noche intensa y, a medida que uno se acercaba al puerto, aclaraba. El mar se veía prodigioso: las aguas estaban llenas de fosforescencias, las olas tenían luz propia. La gente, tumultuosa, se arremolinaba en la bahía. Todos habíamos huído hasta el lugar en el que todavía quedaba un rayo de luz.
Yo miraba esto desde unas calles un poco más altas. Alberto y Mario lloraban a mi lado. Les pedía que me dieran los patines y entonces, sentada en la acera, dejaba que ellos me pusieran cada uno en su respectivo pie. Me levantaba para abrazarlos y luego volvía a ver el mar abierto, extenso y luminoso.
A una señal, me soltaban. La fuerza de gravedad hacía su trabajo y yo abría los brazos como si volara. En ese momento, tenía conciencia de lo que sucedería: iba a matarme, hundiéndome en el mar. No tenía miedo, ni angustia. Muy por el contrario, me sentía eufórica de gozo. El contacto con el agua me estremecía; la sensación de ser llenada en cada poro por aquel líquido luminiscente era formidable. Me sentía ancha, ancha como el mar. Feliz.

3 comentarios:
yo temo los sueños así.
baccio.
Qué hermoso sueño, yo también tengo sueños así, me gusta eso que dices, "me sentía ancha, ancha como el amar", formidable...
Dina.
O: Después del último que me contaste...
D: es rica esa sensación, no?