Author: Angélica
•7:31 a. m.
I

Sábado para domingo. Como es habitual, tengo largos sueños: historias complejas, muchas veces inconexas pero otras sorprendemente bien hiladas. Lo de anoche corresponde más bien a lo primero, y comienza en un bus en el que viajaba junto a Andrea y Alberto, mis hermanos.

II

Al parecer, nuestro destino era Santiago y ya entrábamos a la ciudad cuando cruzaba por el pasillo el auxiliar con un carro (cual azafata aérea) y una oferta de comida irresistible. Yo me decantaba por unos filetes de pollo apanado, acompañado de papas duquesa. A mi hermano lo veía engullir un trutro larguísimo de pollo, que comía con la mano. Enseguida me fijaba en su rostro, y sí: tenía unos once o doce años, época en la que le llamábamos la atención para que usara los cubiertos.

III

El bus ya rondaba ciertas calles de la capital, con los pasajeros en pleno almuerzo y un considerable sol resplandeciente afuera. A mí me desesperaba el calor y le pedía a mis hermanos terminar de comer lo más pronto posible; quería bajarme a toda costa y respirar libremente. El auxiliar nos ayudaba con los bolsos y maletas y nos dejaba en una esquina amplia, una especie de plazoleta que rodeaba a un imponente edificio. Ahí nos quedábamos.

IV

No sé cuánto tiempo pasó entre esa imagen y la siguiente: cargaba mi bolso en el pasillo de un supermercado, muy similar a "Las Brisas" pero con estanterías excesivamente altas, inalcanzables para la clientela. Esa sensación de pequeñez era exactamente la misma que tenía a los nueve, diez, once años, en los que era costumbre de mis padres ir una vez al mes a ese lugar y abastacernos de lo necesario. Para Andrea y para mí era siempre un motivo de alegría que trastocaba en llanto; por alguna razón no llegábamos contentas a casa. No recuerdo exactamente por qué.

V

El supermercado parecía infinito y yo deambulaba feliz por el pasillo de las frutas y verduras, metiendo en mi carrito lechugas, brócolis, coliflores, tomates, un kilo de uvas verdes, otro de manzanas, dos de naranjas, un pomelo gigante y cinco plátanos. De pronto, escuchaba una voz que me llamaba por mi nombre y acudía corriendo a la caja. Allí me esperaban mis hermanos junto a Paula y Mario, un matrimonio amigo de varios años que vive en Puerto Montt.

VI

De la compra íbamos a casa. ¿A qué casa? No al departamento donde vivo ahora, ni a la casa de mis padres, sino a la de Paula y Mario, curiosamente ubicada en el Barrio República donde está el Centro de Atención en el que he atendido algunos pacientes. Allí seguíamos la comilona un buen rato, hasta la jalea mármol llena de frutas, que yo había preparado para todos a modo de postre.

VII

Mario me hablaba de conocer a un tío de Paula, y me hacía salir a la calle. Allí encontraba a Andrea y caminábamos juntas hasta la Alameda. A medida que nos acercábamos el cuadro se configuraba cada vez más como Puerto Montt, de tal forma que llegábamos a calle Urmeneta y no a la arteria principal de Santiago Centro.

VIII

Llamaba mi atención una puerta de madera, barnizada en un tono caoba con incrustaciones trabajadas en cobre. Era hermosa. Me concentraba en sus detalles sin darme cuenta que Mario estaba a mi lado, pidiéndome tocar el timbre. Andrea se encontraba al otro lado de la calle y parecía inmersa en el tráfico vehicular, ajena a mi preocupación por la estética de la casona. De improviso, la puerta se abría y un hombre de mediana edad, con una sonrisa que llenaba su rostro, nos invitaba a pasar.

IX

Subía unas escaleras en forma de caracol, estrechas, como todo lo que mi vista alcanzaba. Comenzaba a sentir mareos, ganas de sentarme al menos un segundo, pero me daba verguenza pedir que me esperasen. El resto no parecía afectado por el ascenso. Finalmente, llegábamos a unas habitaciones casi vacías de mobiliario, tapizadas con una alfombra verde.

X

El tío de Paula era una mezcla entre un campesino cualquiera y el señor M., al que conocí hace cosa de meses mientras hacía trabajo comunitario. M. era bien particular, con un talante similar al de un político cualquiera y su correspondiente sonrisa inalterable. A veces, las más, M. no me iba ni me venía, cosa que no ocurría a mis compañeros a los que desagradaba la terquedad del hombre. Igual M., al terminar mi labor en ese lugar, me dijo varias cosas, inesperadas para mí, sobre mi desempeño "profesional". Yo me incomodé, y al reconocerlo en el sueño como tío de Paula, mi incomodidad aumentó.

XI

Pero M., contra todo pronóstico, no hacía más que sonreír. "Miren, miren la vista maravillosa que tenemos desde esta altura". Yo hacía como que observaba, pero estaba tan mareada y confusa, que me sentaba en la alfombra intentando recuperar el aplomo. M. seguía su cháchara, esa interminable charla exasperante de quienes huyen del silencio cuando están con otros. Eso también me mareaba. Lo único que veía era su dentadura cuando tomaba aire para seguir hablando.

XII

"Hay que trabajar. Incansablemente. Siempre. Hay que trabajar", repetía M. a un Mario atento, que le encontraba razón en todo. Luego, M. se volvía hacia nosotras y nos decía: "Y ustedes me serán de mucha ayuda, chiquillas. Tengo una oferta laboral especial para las dos". Y la correspondiente sonrisa de comercial televisivo.

XIII

"Y, ¿qué música escuchan mientras se atiende a la gente?". Mi hermana comenzaba a preguntar, cual encuestadora profesional, una serie de detalles tales como el pago, el lugar de trabajo, etcétera. No obstante, esa pregunta nos desconcertaba a todos. A todos menos a M., que respondía con toda naturalidad: "bueno, se escucha de cuna". Y Mario: "¿de cuna??!". Y M.: "sí, canciones de cuna, eso es lo que se escucha en el local". Yo, de inmediato imaginaba a nuestra clientela: bebés de todos los colores y sabores, paseando por los pasillos de nuestro supermercado. Mi uniforme de promotora, incluía un babero que cubría todo mi pecho, y un gorro de blondas rosadas que ataba a mi cuello. De fondo, sonaba aquella canción: "duérmete mi niño, duérmete mi amor / duérmete pedazo de mi corazón".

XIV

Cada vez estaba más mareada y la música no dejaba de escucharse en mi cabeza. Abría los ojos y, por fin, miraba la ciudad extendida hasta el mar. Sí, era hermosa la vista. "Sé que viniste buscando trabajo y por eso te lo ofrezco, Angélica -me interrumpía M.- aquí, tienes el puesto seguro".

XV

Bajaba las escaleras sentada. No podía hacerlo de otra forma; el mareo era demasiado intenso.

XVI

Desperté antes de salir a la calle.

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3 comentarios:

On 1:35 p. m., febrero 23, 2009 , Anónimo dijo...

de cuántas imágenes y recovecos se vale cierto "absoluto" para nombrarnos la cotidianidad.

hazle caso a lenin.

baccio.

 
On 7:55 a. m., febrero 25, 2009 , Anónimo dijo...

El señor M: Encantador de serpientes??? Menos mal que acabaste por despertar.

Saludos. Y ojala que se vaya bien lejos esos señor!

Besos

 
On 5:29 p. m., febrero 28, 2009 , Angélica dijo...

O.: ¿"hazle caso a lenin" = "sé decente"? Jajaja... Besos.

Zune: sí, dizque encantador de serpientes. Pero no era de temer, para nada.

Igual es mejor de lejos. Eso sí.

Besos.