Author: Angélica
•9:30 a. m.

Sueño acuático, otra vez.
Sentada sobre una tabla de madera en la que apenas cabía, con un bolso de mano cruzado en el pecho, me disponía a cruzar el Canal Tenglo, espacio de agua que separa a la isla homónica de la bahía de Puerto Montt.
Era tarde, o atardecía. La escasa luz iluminaba el agua y yo movía las manos para impulsar mi tablita con pretensiones de navegante. Me preocupaba y me sentía nerviosa por las horas siguientes; el término del canal me dejaba a merced de la ensenada, donde las olas eran mucho más fuertes pues venían del mar abierto.
Sin embargo, sentía dentro la imperiosa necesidad de cruzar el agua hasta la Isla Huar. Tenía miedo pero no me importaba, porque sabía que llegaría. Miraba entonces la luna sobre mi cabeza, escuchaba el palpitar del mar y avanzaba por la noche, temblorosa.
La isla aparecía en algún momento ante mi vista, aunque con modificaciones. No era la costa llana de Alfáro, ni la playa de piedras de Quetrolauquén. El muelle era una rampla de cemento metida a medias en un acantilado, con rocas grandes cruzadas por doquier. Mi tabla se estrellaba y yo me sentí débil, tan débil que decidía esperar el amanecer tendida en una roca, con el agua a punto de llegar a mis pies.
|
Author: Angélica
•8:12 p. m.
Eso. Simplemente correr desaforadamente por una calle que al principio era Avenida Recoleta y luego, de pronto, la Alameda (¿de las delicias?). En un lado, Andrea y yo, y por la vereda de enfrente, mis amigas Cintia y Jana.
No era una carrera, sino una lucha por llegar hasta una estación de metro y salvarnos de... no sé, algo.
En alguna parte del horizonte apareció un semáforo que detuvo a mis amigas. Andrea y yo, sin embargo, seguimos corre que te corre. Nos vi como a Speedy González sin "ándale", digamos. Y luego la Alameda se transformaba en Avenida Providencia, por aquello de los bandejones centrales con abundancia de árboles e iluminación artificial.
Un cruce de perros era la única forma de parar nuestra carrera. Entonces la calle, el movimiento de vehículos, los semáforos, mis amigas en la vereda de enfrente, la brisa que movía las hojas de los árboles, todo, absolutamente todo, quedaba congelado ante mis ojos.
Author: Angélica
•6:17 a. m.

Iba con mis padres en plan de paseo turístico, a enseñarles a unos gringos la zona que bordea al Lago Llanquihue allá en nuestro sur. Las imágenes no son claras pero sí recuerdo una casa construída en el borde del lago, estilo palafito. Allí estaba el restaurant donde comeríamos asado al palo, sierra al horno y curanto.
Los gringos se veían felices entre las tejuelas de alerce. No hablaban conmigo, sólo me sonreían cada vez que me cruzaba o cuando les ofrecía una botella con agua en el bus.
Luego, de regreso en Puerto Montt. Yo parecía tener doce o trece años y, por algún motivo, no quería levantarme. Era como vivir el día después de un paseo agotador. Escuchaba los gritos de mi madre, desde el primer piso de la casa: ¡Levántate que estamos atrasados!
Entonces corría a mi pieza a vestirme decentemente, pero en ella estaba un hombre. Al principio era un primo mío, pero luego se convirtió en H. Dormía plácidamente y yo lo contemplaba sentada en el suelo, hasta que dándose vuelta abría los ojos y me miraba. Yo no quería acercarme. Sólo le hacía preguntas suaves, que no lo irritasen. Le tenía miedo.
H. no me contestaba a nada y yo bajaba rápidamente las escaleras. Allí papá me agarraba de un brazo y me subía al auto, en el cual partíamos los tres hasta el puerto de la ciudad.
La imagen del puerto era aquella de los noventa, antes de las modificaciones que hiciera el municipio del mercado pesquero y de la feria artesanal de Angelmó. No existían las famosas cocinerías-palafito, y la Isla Tenglo era simplemente un cúmulo de árboles vírgenes y tres casitas a lo lejos.
En ese panorama, ocurría un "simulacro de elecciones". El muelle estaba adornado con carteles y pancartas propagandistas de senadores y diputados. Las fotos me causaban risa, porque sus caras eran similares a las de los gringos que había llevado de paseo el día anterior. Rosadas, mofletudas.
La gente debía emitir el sufragio en un cubículo que estaba arriba de tres lanchas. Para conectar la lancha con el muelle, habían dispuesto tablas de madera, delgadísimas, que cubrían el trayecto por sobre el agua. Era una distancia de por lo menos diez metros. La persona emitía el voto y luego regresaba corriendo y equilibrándose en la tabla, hasta el muelle. Allí lo esperaba la urna, donde debía encontrar la abertura para insertar el folio.
La demostración dejaba a todos perplejos, yo incluida. Entonces, uno de los guardias costeros cruzaba hasta el cubículo y sacaba de allí un pez largo, con una forma similar a un pinguino. Lo hacía salir a fuera y luego le daba un puntapié, con lo que el pez salía expelido por la tabla, cayéndose al agua a la mitad de ella. La zambullida era formidable, pues quedaba claro que nadie que no supiese nadar sobreviviría a un accidente así.
Author: Angélica
•5:28 p. m.

Pero no largas, ni transparentes, como las de Silvio. Las de mi sueño eran verdes, amarillas, y rojas-negras-blancas, como la de esta foto. Estaban en el cerro (patio trasero de la casa de mis padres) y yo huía de ellas, corriendo de un lado a otro.
Mi prima, Pilar, me decía que me quedara quieta. Yo, aterrorizada, le respondía que cómo se le ocurría semejante cosa, que podía estrangularme. Entonces subía a un arco de madera y desde allí sucedía eso que a veces pasa en mis sueños: adquiero una vista, digamos, de altura hacia las escenas y me veo (me desdoblo, en rigor).
Desde esa perspectiva veía dos o tres serpientes deslizándose con sinuosidad por entre los matorrales, y a mí corriendo de un lado a otro, cansada, angustiada por la posibilidad de ser alcanzada por los culebrones.
En algún minuto, entraba en la escena mi madre. Yo le gritaba, a todo pulmón, que me ayudase. Ella miraba con cierto aire de gravedad y entonces una serpiente se le acercaba peligrosamente, como dispuesta a atacarla. Pero mi madre parecía inmutable. Tomaba a la serpiente por debajo de la cabeza y la estrangulaba con una mano.
Yo me acercaba temerosa y le decía que no se arriesgue, que las víboras eran venenosas. Mi madre entonces soltaba a la culebra y ésta me observaba desde sus ojos vidriosos. Se acercaba hasta arremolinarse a mi pierna derecha.
-Por favor, quítala -le rogaba a mi madre con un hilo de voz.
Su rostro, imperturbable, duro. Su risa sardónica, incluso cruel. Las serpientes, tan cerca.
Author: Angélica
•8:20 p. m.

El único sueño de abril: un hombre de piel negra y labios carnosos estudiaba conmigo en la universidad; yo nos veía leer, nos veía caminar por las calles del centro buscando gente, amigos, buscando salas de cine que nunca encontrábamos, nos veía mirarnos cómplicemente al sentarnos en la misma aula, tejiendo esa afinidad de los que se gustan sin decirlo y sin pensarlo seriamente.
Se suponía invierno en Santiago de Chile y la lluvia se dejaba caer con leveza, mientras yo buscaba a mi amigo por la tarde, con una bolsa de pan en una mano y un paraguas en la otra. La imagen tenía cierto grado de confusión porque daba la impresión que él estaba extraviado, o que este país no era ya el mismo. En algún momento entraba a una tiendita pintoresca, donde vendían inciensos y se escuchaba el canto devoto del Maha-mantra Hare Krishna. Yo seguía un pasillo, guiada por la música, y veía mujeres bailar tras cortinas de incienso interminable.
Mi amigo, el negrito, no estaba allí y yo regresaba a la universidad, aunque era de noche. Estaba enojada y había perdido el paraguas. Me sentaba a esperarlo en una banca azul de Sherwood, el lugar donde solíamos descansar con los compañeros. Lo veía venir empapado hacia mí, mirándome con expresión burlona. Subíamos a la sala de clases del tercer piso, tomados de la mano.
En la sala, había gente comiendo sopaipillas y nosotros pedíamos algunas mientras la hora discurría sin clases y sin profesor. A la salida, yo lo abrazaba y nos besábamos románticamente bajo la lluvia. El momento era interrumpido por un celular, el suyo, que caía al suelo cuando intentaba contestarlo. La última imagen con que desperté fue esa: un aparato telefónico en un charco de agua, desarmado e inútil.