•9:30 a. m.
Sueño acuático, otra vez.
Sentada sobre una tabla de madera en la que apenas cabía, con un bolso de mano cruzado en el pecho, me disponía a cruzar el Canal Tenglo, espacio de agua que separa a la isla homónica de la bahía de Puerto Montt.
Era tarde, o atardecía. La escasa luz iluminaba el agua y yo movía las manos para impulsar mi tablita con pretensiones de navegante. Me preocupaba y me sentía nerviosa por las horas siguientes; el término del canal me dejaba a merced de la ensenada, donde las olas eran mucho más fuertes pues venían del mar abierto.
Sin embargo, sentía dentro la imperiosa necesidad de cruzar el agua hasta la Isla Huar. Tenía miedo pero no me importaba, porque sabía que llegaría. Miraba entonces la luna sobre mi cabeza, escuchaba el palpitar del mar y avanzaba por la noche, temblorosa.
La isla aparecía en algún momento ante mi vista, aunque con modificaciones. No era la costa llana de Alfáro, ni la playa de piedras de Quetrolauquén. El muelle era una rampla de cemento metida a medias en un acantilado, con rocas grandes cruzadas por doquier. Mi tabla se estrellaba y yo me sentí débil, tan débil que decidía esperar el amanecer tendida en una roca, con el agua a punto de llegar a mis pies.
Sentada sobre una tabla de madera en la que apenas cabía, con un bolso de mano cruzado en el pecho, me disponía a cruzar el Canal Tenglo, espacio de agua que separa a la isla homónica de la bahía de Puerto Montt.
Era tarde, o atardecía. La escasa luz iluminaba el agua y yo movía las manos para impulsar mi tablita con pretensiones de navegante. Me preocupaba y me sentía nerviosa por las horas siguientes; el término del canal me dejaba a merced de la ensenada, donde las olas eran mucho más fuertes pues venían del mar abierto.
Sin embargo, sentía dentro la imperiosa necesidad de cruzar el agua hasta la Isla Huar. Tenía miedo pero no me importaba, porque sabía que llegaría. Miraba entonces la luna sobre mi cabeza, escuchaba el palpitar del mar y avanzaba por la noche, temblorosa.
La isla aparecía en algún momento ante mi vista, aunque con modificaciones. No era la costa llana de Alfáro, ni la playa de piedras de Quetrolauquén. El muelle era una rampla de cemento metida a medias en un acantilado, con rocas grandes cruzadas por doquier. Mi tabla se estrellaba y yo me sentí débil, tan débil que decidía esperar el amanecer tendida en una roca, con el agua a punto de llegar a mis pies.
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