Author: Angélica
•9:19 a. m.
Al fin un sueño, aunque caótico, confuso y fragmentado. En fin.

En él yo recorría una playa junto a mi colega, T. Ella buscaba algo que no encontraba y yo me aburría como ostra; entonces decidía dejarla e ir sola a otro sitio, una especie de cueva de techo alto, en la que me internaba lentamente. La cueva estaba tenuemente iluminada por luces que pendían de lo alto, como tubos fluorescentes que se habían dejado caer y se balanceaban verticalmente.

Recorría la galería y gritaba: ¡Claudia! ¡Claudia!
La sensación de confusión se acentuaba cuando caía en la cuenta de no saber a quién llamaba. A la niña que quisiera tener, o a mi ¿jefa? que también tiene ese nombre.

Luego de unos instantes de silencio, aparecía detrás de mí un amigo, Mario. Él me retaba cariñosamente, preguntándome dónde había estado todo este tiempo, pues él y Claudia me esperaban para partir. Lo seguía hasta la entrada de la cueva, donde estaba estacionado un auto, con mi jefa como conductora.


Subíamos al vehículo, Mario y yo. Mi jefa entonces preguntaba por el almuerzo y yo decía que había olvidado recogerlo en el casino. Me bajaba y corría hasta las dependencias donde repartían cajitas de plumavit con las colaciones; tomaba tres y volvía al auto.
Abría la cajuela de atrás y veía allí muchas maletas y bolsos. Dejaba los almuerzos y subía a tomar asiento.

En silencio, veía pasar a mi lado kilómetros de paisaje. A veces un cerro, o un puente. Caballos al costado, ovejas. ¿El sur?

Lamentablemente, desperté antes de llegar a destino.

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