•6:23 p. m.
Conocí a A. hace dos años, mientras trabajaba como profesora en un preuniversitario. Él era amigo de una compañera de trabajo y se integró al equipo rápidamente. En ese tiempo, A. era un buen estudiante de tercer año de sociología, amante del teatro, la poesía y el arte en general. Por supuesto, congeniamos bien y compartimos gustos. A. incluso me contó que estaba desencantado de su carrera. Su verdadera pasión era el teatro, pero no se decidía a dejar la sociología, pese a que su situación económica era bastante buena. En fin. Cuando terminó ese año, dio una prueba de talento y se cambió. Supongo (porque hace un buen tiempo que no converso con él), que es feliz ahora.
En mi sueño, A. y yo concursábamos con un guión teatral; digamos, yo lo convencía de participar y él aceptaba, aún cuando en las bases decía claramente que sólo podían concursar alumnos que estuviesen cursando la carrera de teatro. En el sueño, al igual que en la realidad, yo era una simple estudiante de la nunca bien ponderada carrera de psicología, así que hacía trampa con mis certificados. Al parecer, mi motivo era probarle a A. que era capaz de hacer cosas buenas, si se lo proponía.
Después de varias pruebas, A. y yo quedábamos entre los finalistas. Pero, oh destino, el jurado se daba cuenta de la triquiñuela y nos descalificaban justo cuando anunciaban a los premiados. En ese momento, A. y yo nos encontrábamos junto a los demás participantes, arriba de un escenario ante un público variopinto. Yo escuchaba la voz del animador y luego el silencio, audible, del público.
Me invadía una vergüenza tan intensa, que sentía deseos de hundirme en el suelo, esconderme tras los parlantes o salir corriendo. Nunca antes había experimentado algo así. Miraba a A., sus ojos denotaban cierto reproche al mismo tiempo que compasión. Sabía que mi intención era buena; se trataba de que lo ayudase y, sin embargo, todo había resultado mal.
Al cabo de unos segundos que me parecían eternos, A. me tomaba de un brazo y me hacía bajar del escenario. Yo lo veía irse en silencio, sin mirar atrás.
En mi sueño, A. y yo concursábamos con un guión teatral; digamos, yo lo convencía de participar y él aceptaba, aún cuando en las bases decía claramente que sólo podían concursar alumnos que estuviesen cursando la carrera de teatro. En el sueño, al igual que en la realidad, yo era una simple estudiante de la nunca bien ponderada carrera de psicología, así que hacía trampa con mis certificados. Al parecer, mi motivo era probarle a A. que era capaz de hacer cosas buenas, si se lo proponía.
Después de varias pruebas, A. y yo quedábamos entre los finalistas. Pero, oh destino, el jurado se daba cuenta de la triquiñuela y nos descalificaban justo cuando anunciaban a los premiados. En ese momento, A. y yo nos encontrábamos junto a los demás participantes, arriba de un escenario ante un público variopinto. Yo escuchaba la voz del animador y luego el silencio, audible, del público.
Me invadía una vergüenza tan intensa, que sentía deseos de hundirme en el suelo, esconderme tras los parlantes o salir corriendo. Nunca antes había experimentado algo así. Miraba a A., sus ojos denotaban cierto reproche al mismo tiempo que compasión. Sabía que mi intención era buena; se trataba de que lo ayudase y, sin embargo, todo había resultado mal.
Al cabo de unos segundos que me parecían eternos, A. me tomaba de un brazo y me hacía bajar del escenario. Yo lo veía irse en silencio, sin mirar atrás.
amigos
|

4 comentarios:
curioso sueño;la verdad no te imaginaría pasando por semejante bochorno en la realidad.
El miedo escénico en algo que no es tu fuerte denota que no sueles aventurarte a hacer otra cosa que no esté planeado y bien elaborado, y claro sobre todo, del que seas experta, a veces quieres aventurar, pero inventas cualquier excusa para no hacerlo, como aquel día del cumpleaños...
Ese sueño fue el plan de tu cumpleaños que nunca se dió...
Tus sueños, son, como decirlo, reales. jejeje....
Dinita, te quiero.
O: yo tampoco, no está entre mis habilidades el fingir de esa manera.
D: mala; lo del cumpleaños fue otra cosa menos agradable y más sencilla. Simple y, a veces, repugnante, necesidad. Aún lamento no haber podido hacer lo que quise ese día, pero bueno. Y no soy tan elaborada como podrías suponer... si no pregúntale a mi hermana, jaja!
Las que solas se ríen, de sus picardías se acuerdan... ojo pelao!!
(a mí que me revisen)