Author: Angélica
•6:05 p. m.
Cambio de hora y te invade la frustración de perder sesenta (valiosos) minutos de sueño cuando lo habitual es madrugar. Entonces, caes en la nunca bien ponderada trampa de la ansiedad y comienzas a repetirte mentalmente que debieses dormir, pero ya, para conseguir el récord de estar en pie a las 4.30 am y funcionar decentemente durante el día.

Armas tu plan, comienzas a generar en el ambiente un clima de relax, te haces a la idea del reposo necesario. Apagas el computador, desenchufas todo, cierras la puerta. Te preparas para estar, a las 22.30, ya en la cama y pronta a cerrar los ojos. Pero. Apenas lo haces, el pensamiento-reloj-alarma comienza a funcionar: duérmete, duérmete luego.

Ergo, se te hace imposible dormir. Piensas mil cosas convenciéndote de lograrlo, en vez de ¿simplemente? hacerlo. En la fase siguiente, cuando asumes que has caído en la trampa, puteas y maldices mentalmente el findesemanalaaargo, el descanso que no te ha dado el cansancio suficiente para dormir. Já.

De pronto, después de haber leído un relato de Kenzaburo Oé con sus ochenta páginas de tragedia profunda y existencial y luego de, también, haberte levantado al baño unas dos veces y al menos otras dos a la cocina por un poco de agua, miras la hora: cresta, las dos treinta am.

Por supuesto, el milagro del sueño ocurre en algún minuto siguiente (¿no hay mal que dure cien años ni insomnio que mate los sueños?), y entonces, paf:

Te encuentras sentada en tu cama, insomne. Delante tuyo, una cómoda sobre la cual está depositado un televisor del año de la pera. De esos curvos, blanco y negro. En la pantalla, con una claridad de imagen extrañamente dosmilera, se puede seguir la secuencia de una película de época. Mujeres con vestidos largos, del mil ochocientos, y hombre de aspectos afeminados que conversan, discuten, interrogan. No logras captar del todo la trama y estás pensando en ello cuando, de improviso, un corte comercial tiene a la Paulina Nin de Cardona comentando las escenas con otra mujer rubia cuyo nombre no recuerdo.

El asunto se te hace por completo indigerible, pero para suerte tuya, termina rápido. Entonces miras la hora en un reloj pulsera y tate: las cinco de la mañana. Sin pausa pero sin prisa, te duchas y te vistes para salir a trabajar. Abres la puerta de tu casa y el habitual pasillo camino al ascensor es más oscuro y largo que de costumbre. Una sensación de inseguridad comienza a aparecer en ti. Subes al ascensor y marcas el uno. En lugar de descender, subes hasta el nueve. Sientes un escalofrío en tu espalda. Se abre la puerta y la oscuridad es tan intensa que, de pronto, despiertas.

Abres los ojos y ves tu celular-reloj-alarma. Son las cinco de la mañana...
Author: Angélica
•8:00 p. m.

Al principio lo veía mirar. Luego, yo era él y caminaba por una costanera durante el crepúsculo.

Una neblina que amenazaba volverse densa, impedía ver fielmente el contorno de las formas. Sé que llevaba puesto un gamulán negro hasta los pies, que tenía las espaldas anchas y que era moreno. Tal vez usaba lentes, tal vez los subía con el dedo medio de la mano izquierda. No estoy segura.

Caminaba entre la neblina con paso lento, pesado. Sin rumbo, sin prisas, sin conmociones o pensamientos fijos.

Author: Angélica
•4:32 p. m.
Había un concurso estilo reality, en el que yo participaba. La idea era irse a vivir a una embarcación, con una elección restringida, digamos, entre cierta especie de yates de gran tamaño y belleza.

Yo dormía en una habitación de camarotes estrechos y maderas caobas, preciosas. A mi lado había más personas, niños, niñas, sobretodo niños y niñas aunque no exclusivamente. Tenía puesto un camisón blanco, como de lino. Me llegaba a la rodilla pero tenía una abertura por el costado derecho bastante pronunciada. Me recostaba de lado, esperando no mostrar demasiado el muslo, agarrándolo con las manos para que no se abriese la tela.

Avanzada la noche, escuchaba canciones. Sentía que la gente se hacinaba a mi alrededor, y despertaba sofocada por la sensación de calor, de incomodidad. Entonces oía la voz de S. y me preguntaba: ¿es él quien canta? ¿es realmente él? ¿pero cuándo, por qué vino?

Me incorporaba en el camastro y me fijaba en el muslo, totalmente descubierto y expuesto. La verguenza me hacía cubrirme con rapidez, bajar de la cama y seguir su voz. Tenía puesto un gorro como de lana. Lo veía de medio perfil, agachado sobre una red. Parecía una especie de pescador, pero era él. Definitivamente. Seguía tarareando sin hacer caso de mi presencia, aunque yo estaba segura que me sabía ahí. Entonaba un bolero, o algo así como un bolero.

La canción, el tarareo, terminaba. Yo buscaba sus ojos y él parecías indiferente, ocupado en enrollar una cuerda. Le decía "mírame". Sin verme, decía "para qué; sé que vas a estar ahí". Con la cuerda, tomaba mis muñecas fuertemente y las ataba a un travesaño. Yo no me resistía ni emitía palabra alguna. Me dejaba atar. Seguía con mis pies. Amarrada a esa viga, escuchaba toda serie de imprecaciones. Me golpeaba. Me escupía. Me rompía la ropa y se burlabas de mi cuerpo. Preguntaba al aire quién sería capaz de de tocar un cuerpo así. "Infeliz, quejona, no sabes más que lamentarte, eres una tonta que no sabe cómo vivir", me decía. Yo no pronunciaba palabra. Me mordía los labios, apretándolos, agachando la cabeza. Tal vez lloraba, pero distante.

Miraba el costado del barco, el mar, su vaivén. El sol que aparecía sobre el horizonte, anunciando un nuevo día. Era hermoso. S. cortabas mis cuerdas y me abrazaba, me tomaba entre sus brazos como si fuera una niña. Tenía las piernas magulladas, los brazos heridos por la golpiza. Sentía dolor, cansancio. En silencio, me llevaba al camastro y me dejaba acostada.

Yo no dormía porque al segundo había que levantarse. Había que empezar de nuevo.

Author: Angélica
•7:50 p. m.
En la mesa se encontraban personas con las que no interactúo hace mucho tiempo. Entre ellas, Pedro, Edmundo, y mi amiga Melissa. Celebrábamos levantando copas de vino, riéndonos. El ambiente era agradable, ciertamente festivo.

Sin embargo, yo comenzaba a distanciarme de la escena en una actitud sospechosa. Casi miedosa, o temerosa de que descubriesen algo que yo prefería reservarme. No quería preguntas, interrogatorios, cuestionamientos. Dado el momento, me levantaba de la mesa para ir al servicio higiénico, pero salía por una puerta del costado sin despedirme de nadie.

Afuera del recinto, que ya no parecía un restaurant, encontraba un minibús de colores exóticos al que me invitaba a subir un joven desconocido. Su cara me inspiraba confianza, y me afirmaba de su brazo para subir los escalones estrechos del autobús.

Al pasar por las filas de asientos, personas jóvenes como yo, hombres y mujeres, sonreían y me ofrecían el puesto a su lado. Yo me sentaba sola, al lado de la ventana, y miraba hacia afuera con creciente ansiedad. Era la tarde yéndose, lo que me preocupaba.

Un rato después, el autobús enfilaba por un camino rural en las afueras de una ciudad que no puedo reconocer. En un campo, nos hacían descender a todos, explicándonos que debíamos participar en una "cacería de indios", para lo cual nos entregaban una escopeta a cada uno. Varios intentamos negarnos, arguyendo que eso era probablemente un error, pues nadie nos había dicho eso al subir al bús. El que hacía de instructor nos dirigía miradas de profundo desprecio, y se limitaba a levantar los hombros.


Comprendía entonces que estaba en una especie de regimiento, y que no sería fácil salir bien librada. Los demás a mi alrededor sufrían similares temores, en silencio. Examinando sus caras, creí ver entonces a Pedro, quien había estado antes conmigo, celebrando por mi egreso. Al encontrarse con mi mirada parecía alegrarse, pero eso sólo le duraba unos segundos; enseguida venía hacía mí y me reprochaba haber salido corriendo, porque le había obligado con eso a meterse en este "disparate", que era como llamaba a la situación en que nos encontrábamos.

Intentaba entonces convencerlo de que debíamos huir, pero él no pensaba lo mismo. "Mira, Angélica. Estamos aquí precisamente porque saliste huyendo. Así que lo enfrentas porque lo enfrentas, y no hay de otra". Parecía tan decidido que deseaba en ese momento no haberlo identificado y haber alcanzado a escapar, aunque fuese sola.

De improviso, el sonido agudo de un pito me sacaba de mis pensamientos. De procedencia desconocida, se escuchaba una voz de mando a través de megáfonos, dando instrucciones de avanzar hacia cierta empalizada, a unos metros de donde estábamos situados. Desde ese sitio, era posible divisar una especie de jaula gigante, o de recinto cercado y, en su interior, hombres, mujeres y niños con la piel atezada y expresión indígena. Sus gritos alcanzaban a oírse, aunque más bien eran aullidos, sonidos guturales, quejidos y lamentos en lenguas extrañas para mí.

Las piernas se me doblaban por efecto del miedo. Sentía los brazos de lana, sin fuera de sostener siquiera el rifle. ¿Cómo era esto? ¿Querían que disparase sobre esa gente? La sola idea me aterrorizaba...

Para mi fortuna, en el momento de abrir la inmensa jaula y ordenarnos abrir fuego, desperté.

Author: Angélica
•7:29 p. m.
O algo así. Digamos: llevaba de la manito a un niño pequeño, de unos cinco años, a un paseo junto con otros niños y niñas, más o menos de la misma edad.

Al principio nos suponía en el sur, caminando por la orilla de Chinquihue, o por esos lados, precisamente donde acababa la carretera de cemento y todo iba paulatinamente convirtiéndose en un endemoniado barrial.

A mi lado, caminaba una profesora. Quizá la persona que tenía a cargo el grupo, y de la cual yo era algo así como su asistente. Conversábamos sobre las nubes negras, amenazantes, que aparecían con una insistencia creciente en el horizonte.

El niño que llevaba de la mano me tironeaba quedito. Parecía cansado, o triste. Tal vez las dos cosas.

Y luego, la lluvia. Llovía a cántaros y todos corríamos con los zapatos embarrados, intentando refugiarnos en un caserón desocupado que se encontraba al costado del camino. Acampábamos allí a la espera de una tregua.

Al salir, el escenario había cambiado. El caserón abandonado era un garage gigante, una armazón que hacía las veces de terminal de buses. Varias máquinas de uno y dos pisos intentaban coordinarse para estacionar. Yo, miraba embelesada esas ruedas gigantes, más grandes todavía porque eran grises y había algo agresivo en el ambiente, algo rudo que magnificaba mi sensación de estar a punto de morir bajo una de ellas.

De pronto, el grito desesperado de un niño me hacía reaccionar. Corría hacia él y lo encontraba metido bajo el chasis de un camión. Lo levantaba y, cargándolo, lo llevaba hasta la salida donde miraba su cara. Era el rostro de mi sobrino más pequeño.
Author: Angélica
•11:52 a. m.

Mi nueva paciente era una mujer que rodeaba los treinta años y declaraba en forma escandalosa no recordar absolutamente nada de lo que había hecho el día anterior. Yo la escuchaba atentamente, cuando aparecía por el costado de una gaveta una gata blanca, tipo angora. Era tan hermosa, que toda la conversación y la angustia de la mujer que tenía enfrente, desaparecían, porque sólo podía concentrarme en los movimientos sinuosos del animal.
Author: Angélica
•12:46 p. m.

Por cada sueño no escrito,

dos sueños ni siquiera recordados.

Author: Angélica
•8:18 p. m.


El cerro era azul, las vacas de un rosa pálido. El cielo, verde agua. Mi sweater arremangado hasta el codo, y mis antebrazos cubiertos de barro.

Con las manos metidas en el lodo procuraba encontrar algo que no encontraba, en un cuadro vertical de apariencias bidimensionales.

Author: Angélica
•12:12 p. m.
--¡Está lloviendo mucho; no quiero levantarme!! --vociferaba con la garganta ronca del que recién despierta.

Él simplemente tiraba atrás las sábanas y frazadas. Agarraba mis pies tibios con sus manos heladas.

--Levántate, floja. No cualquiera amanece un domingo en la luna.
Author: Angélica
•10:08 a. m.

Horrible pero en mi sueño, no lo era. Al contrario, descuartizaba seres humanos con total naturalidad, como si fuera el oficio más común del mundo.


Author: Angélica
•9:58 a. m.
Un sueño de amigas.

Era el casino del Hospital, pero parecía el casino de la DSS. Yo lo sabía por el decorado de las paredes y los detalles de las mesas. Además, el director del Servicio de Salud daba una perorata casi casi tan larga como la del otro día, en aquella reunión.

Al principio yo estaba sola, pero cuando llegaba la hora de almorzar y yo iba con mi vale a pedir mi bandeja, B., una de mis amigas, se ofrecía a acompañarme. Hacíamos la fila esperando el turno que nos atendieran cuando veía en el paralelo a mi mejor amiga de infancia: la Jana.

Ese diminutivo de "Alejandra", nunca me había sonado tan raro como en ese momento. Yo decía: hola, Jana; y ella decía: oh, eres la única que sigue llamándome así. Lucía igual de pequeña y delgada que a los doce años, igual de vulnerable que a los dieciocho, cuando la invité a casa con su bebé que ya tenía más de un año.

Comía con Jana y con B. y reíamos de la gente que estaba a nuestro alrededor. Yo me ofrecía a llevar todas las bandejas hasta los dispensadores y salía por la puerta trasera, sin despedirme de ellas.
Author: Angélica
•12:52 p. m.
La extensa llanura de piedra erosionada, parecida a lo que imagino el Valle de la Luna, era recorrida a grandes zancadas por un grupo de niños y yo. Corríamos aterrados, despavoridos, pues nos habían contado que un gigante nos quería atrapar.

Yo escuchaba las pisadas retumbar en el suelo, haciendo saltar los guijarros desprendidos de la roca. En medio de mi carrera, caía rodando y terminaba golpeada contra un montículo que tenía una curiosa entrada en la piedra.

El terror hacía que mis pensamientos fuesen ráfagas de acción: en cosa de segundos estaba acurrucada en el estrecho pasadizo que formaba la roca contra el suelo. Allí, tendida, esperé la llegada del gigante, conteniendo la respiración.

Escuchaba que los demás niños gritaban al ser atrapados, daban alaridos, pedían ayuda. Nadie iba por ellos y eso me hacía temblar y llorar de miedo en mi escondite. Hasta que una garra palpaba el suelo donde yo estaba, y se tomaba de mis cabellos.

Una risotada de triunfo inundaba el aire mientras era tomada por la inmensa mano del ogro. Pero, sorpresa. El ogro resultaba ser un hombro gordinflonzón y chaparro, con una voz potentísima y unos pies gigantes.

--Niña entrometida --vociferaba. Te metiste en mi cueva y arrugaste mi ropa.
--No es cierto --gritaba yo. No vi ninguna ropa tuya, ¡ogro tonto!

El monstruo se enfurecía. Yo le sacaba la lengua, ya sin miedo a sus represalias. Él sacaba entonces de un extremo de la cueva, una especie de perchero con unas ropas colgadas. Todas las camisas eran ridículas, con accesorios y adornos innecesarios.

--Déjame ir y te arreglo tu ropa a cambio. La que tienes está muy fea --le proponía.

El ogro aceptaba. Se sentaba en una saliente y me miraba hacer con su ropa muñones y ponerla en una bolsa. Luego me entregaba unas monedas doradas y me indicaba el camino al pueblo.

Yo caminaba por el roquerío hasta divisar un grupo de casitas blancas, preciosas. Entraba por unas calles y preguntaba a la gente por el mercado. Allí, mostraba mis monedas y la gente se admiraba. Cuchicheaban entre sí, diciendo "tiene las monedas del ogro tonto!"

Una viejita arrugada y encorvada me tomaba de un brazo y me llevaba hasta un lugar más privado. Allí examinaba las monedas y concluía sobre su origen: "no cabe duda, niña; estas monedas pertenecen al Ogro del Valle de la Luna. Debes entregármelas".

Le explicaba entonces que el Ogro me había liberado a cambio de comprarle ropas nuevas, que debía volver con el vestuario adecuado. La vieja me miraba horrorizada, gritaba que era una niña tonta por pensar en regresar a ese lugar, que seguramente me estaba buscando una desgracia. Le quitaba las monedas de su mano y corría lejos, a toda prisa.

(espero que continúe; lamentablemente la alarma de mi celular cortó esta fantástica aventura).
Author: Angélica
•12:46 p. m.
Por cansancio, flojera, carencia de segundos disponibles a la tarea, olvido, irresponsabilidad, falta de compromiso, desafortunadas coincidencias... he extraviado muchos sueños de mi retina onírica, este mes.



Valga el post como intento de reparación.
Author: Angélica
•8:37 p. m.
Eso; yo era una cantante de bossa nova para niños de siete y ocho años. Lo problemático era mi falta de habilidad para el baile, aunque no tanto. Los pequeños reían de lo lindo de mi torpeza motriz, mientras yo procuraba entonar Flor de Lis sin desentonarme.

Sobre el resto del sueño, caben dos opciones. O era muy patético o muy aburrido. Quizá todas las anteriores.


Author: Angélica
•6:32 p. m.
El chico, en cuestión, no debía tener más de 10 años, y sus ojos eran fascinantemente bellos... color miel.

En el sueño, él intentaba convencerme de que era una estupidez sentir verguenza ante otras personas, pero yo no lograba superar el temor. Sólo lo abrazaba en privado, sintiéndome culpable por sentirme tan atraída ante un niño.

Deambulábamos, mucha gente y yo, por un hospital-colegio. Yo enfermaba y mis padres venían a verme, entonces yo le pedía a mi amante que no me tomara la mano. Él salía del cuarto enojado, enojado como se enojan los niños, digamos.

Luego lo encontraba solo y, al intentar hablar con él, recibía gritos de reproche, insultos. Le explicaba que no era que no lo quisiese, sino que me incomodaba demasiado el ser tanto mayor que él. "Eres... -le decía titubeante- eres un niño, solamente".

Él se colgaba de mi cuello y yo lo abrazaba. Quería darle un beso, pero en ese momento algo en la escena se tornaba "demasiado". Había una tensión sexual que él no lograba soportar, me sentía como si estuviese a punto de violarlo y eso me hacía alejarme, horrorizada, caminando hacia atrás y sintiendo su rechazo, su miedo. Sus ojos de miel destilaban lágrimas dulces, infantiles, y de su boca la frase: "sólo soy un niño... ".

Author: Angélica
•7:12 a. m.
En el sueño de anoche me tocaba ayudar con los preparativos de una boda. No era la mía y en realidad no sé bien de quién era, pero yo buscaba música y otras cosas que fueran apropiadas para ese evento.

En la sala de estar de alguna casa desconocida, estaba mi madre, una prima, varias amigas. Sólo mujeres, quizá en la despedida de soltera de la novia. Sin embargo, el ambiente no era festivo, sino al contrario.

Yo me iba al baño del lugar y me sentaba en el wc a pasar el rato.

En mi sueño, me quedaba dormida en el baño y cuando despertaba, ya no había gente. Todos se habían ido y yo buscaba a un niño que suponía jugando en el patio externo. Lo llamaba por su nombre: Ricardo, pero él tampoco venía.

Entraba a la casa y husmeaba en los distintos cuartos. En uno, encontraba una caja muy bonita, de madera, decorado con gemas y piedras incrustadas. Lo abría y aparecía el velo de novia, que yo tomaba entre mis manos y acariciaba.

Es todo lo que recuerdo.

Author: Angélica
•9:19 a. m.
Al fin un sueño, aunque caótico, confuso y fragmentado. En fin.

En él yo recorría una playa junto a mi colega, T. Ella buscaba algo que no encontraba y yo me aburría como ostra; entonces decidía dejarla e ir sola a otro sitio, una especie de cueva de techo alto, en la que me internaba lentamente. La cueva estaba tenuemente iluminada por luces que pendían de lo alto, como tubos fluorescentes que se habían dejado caer y se balanceaban verticalmente.

Recorría la galería y gritaba: ¡Claudia! ¡Claudia!
La sensación de confusión se acentuaba cuando caía en la cuenta de no saber a quién llamaba. A la niña que quisiera tener, o a mi ¿jefa? que también tiene ese nombre.

Luego de unos instantes de silencio, aparecía detrás de mí un amigo, Mario. Él me retaba cariñosamente, preguntándome dónde había estado todo este tiempo, pues él y Claudia me esperaban para partir. Lo seguía hasta la entrada de la cueva, donde estaba estacionado un auto, con mi jefa como conductora.


Subíamos al vehículo, Mario y yo. Mi jefa entonces preguntaba por el almuerzo y yo decía que había olvidado recogerlo en el casino. Me bajaba y corría hasta las dependencias donde repartían cajitas de plumavit con las colaciones; tomaba tres y volvía al auto.
Abría la cajuela de atrás y veía allí muchas maletas y bolsos. Dejaba los almuerzos y subía a tomar asiento.

En silencio, veía pasar a mi lado kilómetros de paisaje. A veces un cerro, o un puente. Caballos al costado, ovejas. ¿El sur?

Lamentablemente, desperté antes de llegar a destino.

Author: Angélica
•9:30 a. m.

Sueño acuático, otra vez.

Sentada sobre una tabla de madera en la que apenas cabía, con un bolso de mano cruzado en el pecho, me disponía a cruzar el Canal Tenglo, espacio de agua que separa a la isla homónica de la bahía de Puerto Montt.

Era tarde, o atardecía. La escasa luz iluminaba el agua y yo movía las manos para impulsar mi tablita con pretensiones de navegante. Me preocupaba y me sentía nerviosa por las horas siguientes; el término del canal me dejaba a merced de la ensenada, donde las olas eran mucho más fuertes pues venían del mar abierto.

Sin embargo, sentía dentro la imperiosa necesidad de cruzar el agua hasta la Isla Huar. Tenía miedo pero no me importaba, porque sabía que llegaría. Miraba entonces la luna sobre mi cabeza, escuchaba el palpitar del mar y avanzaba por la noche, temblorosa.

La isla aparecía en algún momento ante mi vista, aunque con modificaciones. No era la costa llana de Alfáro, ni la playa de piedras de Quetrolauquén. El muelle era una rampla de cemento metida a medias en un acantilado, con rocas grandes cruzadas por doquier. Mi tabla se estrellaba y yo me sentí débil, tan débil que decidía esperar el amanecer tendida en una roca, con el agua a punto de llegar a mis pies.

Author: Angélica
•8:12 p. m.
Eso. Simplemente correr desaforadamente por una calle que al principio era Avenida Recoleta y luego, de pronto, la Alameda (¿de las delicias?). En un lado, Andrea y yo, y por la vereda de enfrente, mis amigas Cintia y Jana.

No era una carrera, sino una lucha por llegar hasta una estación de metro y salvarnos de... no sé, algo.

En alguna parte del horizonte apareció un semáforo que detuvo a mis amigas. Andrea y yo, sin embargo, seguimos corre que te corre. Nos vi como a Speedy González sin "ándale", digamos. Y luego la Alameda se transformaba en Avenida Providencia, por aquello de los bandejones centrales con abundancia de árboles e iluminación artificial.

Un cruce de perros era la única forma de parar nuestra carrera. Entonces la calle, el movimiento de vehículos, los semáforos, mis amigas en la vereda de enfrente, la brisa que movía las hojas de los árboles, todo, absolutamente todo, quedaba congelado ante mis ojos.
Author: Angélica
•6:17 a. m.

Iba con mis padres en plan de paseo turístico, a enseñarles a unos gringos la zona que bordea al Lago Llanquihue allá en nuestro sur. Las imágenes no son claras pero sí recuerdo una casa construída en el borde del lago, estilo palafito. Allí estaba el restaurant donde comeríamos asado al palo, sierra al horno y curanto.

Los gringos se veían felices entre las tejuelas de alerce. No hablaban conmigo, sólo me sonreían cada vez que me cruzaba o cuando les ofrecía una botella con agua en el bus.

Luego, de regreso en Puerto Montt. Yo parecía tener doce o trece años y, por algún motivo, no quería levantarme. Era como vivir el día después de un paseo agotador. Escuchaba los gritos de mi madre, desde el primer piso de la casa: ¡Levántate que estamos atrasados!

Entonces corría a mi pieza a vestirme decentemente, pero en ella estaba un hombre. Al principio era un primo mío, pero luego se convirtió en H. Dormía plácidamente y yo lo contemplaba sentada en el suelo, hasta que dándose vuelta abría los ojos y me miraba. Yo no quería acercarme. Sólo le hacía preguntas suaves, que no lo irritasen. Le tenía miedo.

H. no me contestaba a nada y yo bajaba rápidamente las escaleras. Allí papá me agarraba de un brazo y me subía al auto, en el cual partíamos los tres hasta el puerto de la ciudad.

La imagen del puerto era aquella de los noventa, antes de las modificaciones que hiciera el municipio del mercado pesquero y de la feria artesanal de Angelmó. No existían las famosas cocinerías-palafito, y la Isla Tenglo era simplemente un cúmulo de árboles vírgenes y tres casitas a lo lejos.

En ese panorama, ocurría un "simulacro de elecciones". El muelle estaba adornado con carteles y pancartas propagandistas de senadores y diputados. Las fotos me causaban risa, porque sus caras eran similares a las de los gringos que había llevado de paseo el día anterior. Rosadas, mofletudas.

La gente debía emitir el sufragio en un cubículo que estaba arriba de tres lanchas. Para conectar la lancha con el muelle, habían dispuesto tablas de madera, delgadísimas, que cubrían el trayecto por sobre el agua. Era una distancia de por lo menos diez metros. La persona emitía el voto y luego regresaba corriendo y equilibrándose en la tabla, hasta el muelle. Allí lo esperaba la urna, donde debía encontrar la abertura para insertar el folio.

La demostración dejaba a todos perplejos, yo incluida. Entonces, uno de los guardias costeros cruzaba hasta el cubículo y sacaba de allí un pez largo, con una forma similar a un pinguino. Lo hacía salir a fuera y luego le daba un puntapié, con lo que el pez salía expelido por la tabla, cayéndose al agua a la mitad de ella. La zambullida era formidable, pues quedaba claro que nadie que no supiese nadar sobreviviría a un accidente así.